
Me despierto, quizá sin haber dormido, me encuentro nuevamente en ese umbral donde el espacio y la realidad se disuelven, y es ahí, precisamente, donde te vuelvo a encontrar. La escena está bañada en una noche profunda, pero no a oscuras, pues el infinito firmamento ejerce de guardián silencioso, un perímetro galáctico de mil estrellas asegurando que este momento permanezca suspendido, igual de frágil que este nosotros que se pierde y regresa. Despedirnos.
Tienen razón. Todo está destinado a cambiar: la Luna pasa a otra fase, y con ella, cambia la vida, cambia el amor. Me entrego a la idea de otra vida, de otro amor, bajo otra Luna. Vuelve a darme tu mano. Abrázame. Permíteme caminar contigo una última vez. El reflejo de la Luna se entrega a ti mientras yo me preparo para despedirme.
La nostalgia es la peor de las pesadillas.