31.7.25

Un bosque

Desde que me perdí en el bosque, el lugar no ha sido el mismo. Antes había un árbol especial, ahí colgaba un cuerpo ahorcado, adornando el paisaje de coníferas y hojas anchas. Pero alguien desató el cadáver, se lo llevaron lejos, tan lejos. Cerca, tan cerca. Estaba por aquí, pero ya no me encuentro. El bosque se ha vuelto raro. Incompleto en sus oscuros misterios. Invadido en su privacidad siniestra. Violentado en su derecho al suicidio anónimo y solitario. Al cuerpo que ya no era cuerpo, le pusieron nombre de nuevo. Una brigada voluntaria de recuperación de cadáveres. Ellos me perdieron. Me llevaron a un camino de regreso, menos útil, menos bello, para mis propósitos de olvido y silencio. Romantizo el suicidio, romantizan el entierro. El bosque es neutro. Hermoso, vivo, muerto. Por eso me quería quedar colgando, no por otra cosa, no sé quién le vea lo feo. Quienes me hayan encontrado muerto, me perdieron. Ahora no soy, no estoy, pero no-soy cenizas en una caja de madera, hecha de bosque muerto. Tampoco es queja ni es reclamo. De todas maneras soy el bosque en otro bosque, pero no donde yo me había dejado. Soy un bosque perdido, encontrado en un bosque perdido. Un muerto perdido en la vida.

30.7.25

Yakisoba

Intro. Música de tensión y gráficos dramáticos con el número 24 de un reloj digital.

La voz en off comienza diciendo: bienvenidos a ‘Mientras usted duerme’, el noticiero que informa lo que el subconsciente prefiere reservar. Esta noche: Un meteoro cayó sobre un edificio de departamentos, una niña lleva llorando varios días sin parar y tendremos en exclusiva una entrevista con Yakisoba.

El presentador de noticias aparece sentado en su escritorio, con un plato de fideos instantáneos servido frente a él, prueba un poco, saborea. Su tono de voz cambia, al de un anuncio exagerado y alegre, mientras el fondo cambia a una serie de líneas rectas coloridas que emanan desde un centro circular: Yakisoba eres moderna, eres la solución.

Bloque 1. El texto en pantalla indica: Meteoro impacta departamentos de lujo. Las imágenes presentan escombros de una obra en construcción. Un resplandor verde neón se filtra entre las piedras. La voz en off de una reportera continúa exponiendo: testigos aseguran que los gatos del vecindario presintieron el evento antes de que sucediera. Probablemente haya gatos peleándose cerca. Mientras usted duerme. Hasta aquí el reporte.

Bloque 2. En otras noticias: una niña no ha dejado de llorar por días, quizá semanas o años. Ya se le dio leche, la arrullaron, se aseguraron de que estuviera limpia y cambiada, le han cantado, pero simplemente no para de llorar. Investigadores y científicos del llanto consideran la posibilidad de que la niña esté, de hecho, riéndose. Nos encontramos a la espera de las autoridades para confirmar o descartar esta teoría. ¿Usted qué opina, la niña ríe o llora? Lo invitamos a participar comunicándose a nuestros teléfonos en el estudio. Mientras usted duerme con el antojo de unos fideos instantáneos.

Bloque 3. Entrevistamos a un plato de fideos instantáneos. Yakisoba, ¿A qué se refiere con que todos estos últimos eventos están relacionados, que todos estamos conectados y que las coincidencias recientes son sincronicidad a punto de revelarse? ¿En su opinión, la niña se está riendo o está llorando? ¿Yakisoba eres moderna, posmoderna, metamoderna? ¿Piensa profundizar en los aspectos más simbólicos, desarrollar los más absurdos, aclarar aquellos que son banales? ¿O prefiere, Mientras usted duerme, despertar?

29.7.25

Estrategias

Invisible, tu recuerdo es corredor ansioso, principiante.

Salgo al parque lleno de ansiedad. Camino, paseo, corro. Platico conmigo y me siento ignorado. Veo a los perros, me pierdo entre la gente. Lo que sea que haga, no estoy siendo.

Ahora me voy a fotocopiar, sin poder ya reconocer mi propio rostro. Anotaré una combinación de ceros aleatoria y colocaré los anuncios en el parque: ¿ha visto por aquí a un hombre que está empezando a extrañarse? Estas son algunas de las mejores estrategias para desaparecer, gradual o súbitamente.

Invisible, de todo lo que te llevaste, cuando me alejé, yo soy la caja de tenis Panam que se perdió en la mudanza. Ahora paso todo el día en casa. Me guardo entre las caras del cubo de cartón. Lo cierro casi hermético, con cinta canela.

Mi recuerdo quedó tirado en un charco del parque. Es colchón de vagabundo.

O algo de fierro viejo que vendan.

28.7.25

Pastilla

Mírala en su laberinto. Está buscando una salida. Una mujer dentro del caos de un incendio en el festival de música. A su alrededor, la multitud celebra en máscaras de humo, estimulan sus cuerpos de óxidos metálicos, sudando en todas direcciones. Ella avanza como si el fuego no pudiera tocarla. Se desdobla. Quizá ella es parte del incendio. Es fuego escapando de su propia combustión. Continúa el trance. Ella fuego, ella danza. Ella entre más de dos estados físicos de la materia. Ella pastilla, ella acaricia a la distancia. La música la guía mediante patrones en repetición. El ritmo electrónico de verano. Cada latido va creando el mapa secreto de su huida. Ella, bailarina. Sus pies descalzos pisan las brasas, y en cada giro se pregunta. Quiere saber qué habrá tras el ritual. Si seguirá aquí cuando eso suceda. Si la gente todavía será gente. Si el tiempo todavía será tiempo. Mírala ser laberinto.

27.7.25

Sunanda Boon-Nam

Por casualidad, si es que tal cosa existe, escuché que la familia Boon-Nam estaba teniendo el peor día de sus vidas: viajaban desde Tailandia y el vuelo se retrasó varias veces, los cambiaron de avión y las maletas se perdieron en alguna de las escalas; ahora estaban esperando de nuevo en un aeropuerto y para colmo, les pidieron compartir sala de espera conmigo. No tenían idea que iba a sustraer de sus bolsillos algunas de las pertenencias que todavía llevaban. Entonces vi una foto en la cartera de papá Boon-Nam. Una mujer, una hija suya que aún no ingresaba a la sala... Si creían que su vida no podía empeorar, ahora yo también quería formar parte de esa desgracia familiar, cuando me casara con Sunanda Boon-Nam.

La traducción en tiempo real de Google siguió ayudándome para acercarme al padre de la familia. Se notaba en sus gestos que ya habían pasado las emociones de enojo y agresividad más intensas, para instalarse en una frustración contenida, casi a punto de la resignación. La playera de club de futbol inglés era todo lo que yo necesitaba para iniciar una conversación casual. Le ofrecí una botella de Gatorade que me había robado de alguien más en el pasillo. Aceptó. Usando analogías deportivas lo animé a remontar la situación en la que se encontraba, lo reafirmé como capitán de su equipo y como un ganador. Me compartió un trago de la bebida energética, el último, un gesto heroico. Y entre la plática supe que su hija era estudiante de geografía.

El hermano adolescente parecía no ser un adolescente. No podía descifrar su edad. Bien podía ser un adulto joven, introvertido, fascinado en su videojuego portátil. Casi como si lo pésimo del viaje no le afectara en lo más mínimo. Mantenía el aparato tan cerca de su rostro que no me dejaba ver la pantalla. Quizá era un juego de estrategia. Demasiadas letras y números para algo que debería ser divertido. Pero igual lo intenté con él. Empecé a hablar de la piratería china y el entretenimiento, asumiendo que estaba usando una copia ilegal de algún dispositivo electrónico. De algún modo eso funcionó para generarle confianza y terminamos hablando de su hermana. Incluso tomó mi teléfono y me envió fotografías de la pasión por los juegos de mesa que compartía con ella.

Con la madre fue más fácil. Demasiado fácil. Apenas empezaba a improvisar una mentira sobre mi propia familia y la trágica muerte de mi hermano gemelo, para simular un momento vulnerable y emocional, cuando ella ya me estaba tomando cálidamente de la mano. Caminamos hacia el centro de la sala de espera, luego hacia una esquina, pero todos sus pasos parecían calculados, miramos al exterior desde una ventana, por largo tiempo. Si el traductor no se estaba equivocando, hubo algunas frases en su hablar que no fueron tailandés. Luego me dijo que preguntara todo sobre su hija y ella con gusto me respondería. Eso fue sospechosamente fácil.

Así me di cuenta que era yo el que estaba siendo cazando y que no era, para nada, tan inteligente como yo creía. Todo era mentira desde un principio. No había ninguna familia Boon-Nam y la fascinante historia de una crisis de mala suerte que empeora fue solo para llamar la atención de algún estafador. Un blanco fácil. Ahora ellos tenían mi ADN en la botella de plástico, acceso a conectarse a mi teléfono y muy probablemente los datos biométricos necesarios para un correcto reconocimiento facial desde distintos ángulos. Me inculparían por crímenes que yo no había cometido, para lograr escapar de un problema mucho más grande que mis fechorías de carterista. Era aquí donde los peligros de la idealización de una pareja en mi vida volvían a pasarme factura.

Pero era más fuerte mi voluntad, mi necesidad y mi dependencia malsana por pertenecer. Quería de verdad unirme a esta familia. Podía incluso perder a mi futura esposa, pero ahora iba a formar parte de este grupo criminal a como diera lugar. Me dejaría inculpar. Me escaparía de la cárcel. Me iría del país. Me olvidaría del ladrón anónimo que alguna vez fui. Me encariñaría con sus verdaderas identidades, o con las falsas. Me adoptarían, al yo real, o al yo ficticio. Me transformaría.

Me dirían, hermana e hija. Me llamarían, Sunanda Boon-Nam.

26.7.25

La Venus del Space Junk

Aquella es la constelación de la Venus del Space Junk. Representa a una mujer desnuda rodeada por basura espacial. Chatarra de satélites y transbordadores que forman un capullo de margarita. Los pétalos de la flor no se han abierto todavía. Los desechos revelarán algo en esa mitología, además de la belleza de contaminar el espacio exterior. Algún secreto femenino oculto entre las crisis de colisión y la expansión inevitable del impacto ambiental por acción humana.


No, aquella no es la constelación. Aquella es basura espacial rodeando Venus, pero no es ninguna representación. Y ahí ya no hay más belleza que podamos imaginar. Solo deshechos. La idealización vencida. La resistencia del astrónomo. Secaron el jardín observatorio, para nunca volverse a enamorar.

25.7.25

El último telemarketer

A mediados del fin del mundo, el último telemarketer me llamó, obviamente, por teléfono. Quedaba tan poca población que realmente no representaba una gran coincidencia. No me sentía ni afortunado, ni desgraciado al haber sido elegido. Así que tomé la llamada por simple curiosidad.

El motivo era tratar de hacerme una venta. Eso creo. Había interferencia y la voz del ejecutivo telefónico se quebraba. Primero pensé, muy romántico, en un fantasma que continuaba haciendo una tarea vacía, en la estática como vestigio de una sociedad tecnológica en decadencia. Pero había más color y muchas texturas. Era más bien como si alguien llorara frente a un televisor encendido en las caricaturas de la mañana. La llamada tenía destellos pop. Y el operador cantaba una fabulosa promoción.

Tuve que colgar, pidiéndole que me volviera a marcar más tarde. Me ofrecía mudarme al corazón de la ciudad. Sin embargo, mi sueldo, como el de todos los demás, no alcanzaba ni para la renta de un departamento. Menos para comprar alguna propiedad. No tenía sentido, ni siquiera para esa pieza de museo, esclavo de su propia deshumanización, que seguía cumpliendo funciones desde algún call center perdido. ¿Qué me ofrecía exactamente? El fraude inmobiliario orquestado por gente del gobierno y financiado por el crimen organizado había alcanzado su punto de ruptura mucho tiempo atrás. Y ahora, de la nada, parecía que alguien quería retomar la estafa. No cualquier persona: el último telemarketer era un negacionista del apocalipsis urbano. ¿Cómo me habría clasificado a partir de esa primera llamada, bajo persona determinista o bajo persona fatalista? Si yo todavía le parecía un cliente en potencia, el teléfono volvería a sonar. Necesitaba más intensidad, aumentar la saturación y los patrones geométricos.

Utilizaría los recursos propios de la mercadotecnia para venderle una idea. Hambre, peste, guerra, muerte y propaganda. A mediados del fin del mundo, convencería al último telemarketer de abandonar su programación como empleado y volver al mundo humano, detrás de la publicidad que anunciaba un nuevo milenio que nunca llegó. Su redención consistirá en aceptar que ya nada tiene sentido. Yo contestaría el auricular, con el ritmo de un número asociado a un cliente, enlistado entre las páginas amarillas de un directorio. Incluso si eso significara hacer la compra. Yo, el último de los consumidores.

24.7.25

Volver al azul

Quiero volver al azul más profundo de este sistema. Uno que me recuerda porque me uní a la tripulación, a pesar de haber quedado a la deriva en el pasado. Uno que es azul metáfora, sin ser metáfora de nada. Este océano alienígena se comunica, pero su naturaleza es abstracta. No emite información, transmite sensaciones. Para entender su mensaje, decodificamos símbolos. Se trata de una inteligencia que, en lugar de hablar, evoca.

Quiero volver al azul más profundo de un solo continente y de este único mar gigante que lo rodea. Ahí, donde ni siquiera la luz sobrevive. La oscuridad controla. El agua no fluye, solamente espera. Y poco a poco me han atraído sus fuerzas fundamentales. Quiero regresar. Ser sumergido en sus corrientes, aunque no lo entienda. Porque no quiere ser comprendido. Quiere ser sentido. Este océano interestelar es un poeta.

Quiero volver al azul más profundo de esta expedición literaria. Hundido en sensaciones al contacto con el agua, como relato corto de ciencia ficción. Y ser devuelto entre los vórtices de una poesía.

23.7.25

Morder

Mordí una melodía sencilla. La infecté. Y esta a su vez contagió a otras frecuencias. Silencio, que quiero hace mucho ruido. Ahora comienza la meditación creativa. En busca de un reequilibrio estético. Mi epidemia ocurre en un museo. Pero no logro resolverlo. Si el arte es la imagen de un destino, qué proceso indicará el camino de muerte y resurrección. Restaurando a partir de una idea sencilla. Redundando a través de cada viaje a otra dimensión y a otra vida. Buscando qué pieza le falta al rompecabezas de qué personalidad. Los cuerpos desmembrados, las obras igual de fragmentadas. Los zombies están meditando, pero no para calmar sus ansias, ni para disminuir sus instintos de ferocidad. Tampoco pensando en perfeccionarlas, como un estado de absoluta iluminación voraz. No son cuerpos sin almas. No son almas sin cuerpos. Solo son la mutación artística. Y el apocalipsis zombie se propaga, desde el Museo Personal del Arte hasta el Merkabah.

Mordí una escultura. Me mordió una coreografía de danza contemporánea. Me infectó con otra teoría. Qué tal si me faltara aún más tedio. Si una naturaleza aburrida fuera mi objetivo incluso al tener acceso total a las experiencias del universo. La epidemia ocurriría entonces en una sociedad que ha interiorizado los ideales del arte, consiguiendo en la realidad aquello que el arte simplemente simboliza. La verdadera aspiración. El único propósito del arte debería ser reducir la necesidad del arte.

Mordí algo efímero como el land-art. Me mordieron los principios no-muertos, no-vivos, del estado postartístico. Silencio, que a final de cuentas esto sigue siendo un museo. Huelo la sangre curada. La infección del arte ha sido controlada. Con la espiral, para que cada imagen se alimente de la anterior y sea consumida por la que viene. Mordí la geometría sagrada. Me mordió la nada. Y cuando ya no fue necesario, la boca del zombie permaneció cerrada.

22.7.25

El pinche Sunday

Cinco patitos rondan mi mañana. Uno persigue. Otro hace maniobras de evasión. Uno jala plumas. Quizá en un ejercicio de dominación. Tal vez si fuera como yo, lo haría nada más por chinga-quedito.

Cuatro patitos y un pato chinga-quedito rondan la vista desde mi ventana. Uno se mete al agua. Otro se va a la sombra. Uno me imita, me mira, observa el interior de mi alma. Sabe lo que hice el pasado fin de semana. Sabe del lago, de la mujer y la pasión bajo el agua. Conoce la simulación de una salida en pareja, la zona de confort en la que nos hemos instalado, la indecisión, la terapia. Quizá ya conoce demasiado sobre mí.

Tres patitos, un pato chinga-quedito y un pato chismoso rondan mi cama. Los cuento. Me duermo. Los sueño. Los nombro de acuerdo al calendario. Los reproduzco en plástico. Los pierdo extintos con el cambio climático. Me encariño con los recuerdos. Del Sábado. Del pinche Sunday que tanto extraño.

21.7.25

Poly

Las pesadillas de tela me envuelven, después de acariciarme suave. Todo el cuerpo. Ya no me pertenece. Ahora es de poliéster. Me sentía seguro, ocultándome bajo las sábanas de todo aquello que es perverso. Pensando que era un sueño. Matrimonial, de composición sintética. De noche. De madrugada de piel desnuda.

Pero el juego de 4 piezas: dos sábanas y dos fundas para almohada, ellas resultaron ser el monstruo sobre la cama. Poliéster me asfixia.

Ahora Poly me cuida. Soy Luna fría. Cadáver de tela envuelto en pesadillas de carne.