
Cuando parpadeó, los maniquís de la tienda departamental cambiaron de postura. No fue mucho, apenas un leve giro de cuello, un crujido de plástico blanco. No lo miraban. Estaban buscando al cliente que por descuido, o por alivio, había dejado su alma olvidada en el bolsillo interior izquierdo del smoking.
Salió a las sombras a mirar los ojos de una falsa pareidolia: rostros de cristal y gas neón que flotaban sobre la acera. En el escaparate, los reflejos proyectaban una extraña versión de su propio rostro, un eco frío que le resultaba ajeno. Sintió el peso de la duda en el pecho: llevaba años comprando réplicas cada vez más vacías de sí mismo, versiones en descuento de su propia identidad.
Parpadeó. Cambió de temporada, de aparador. Encontró un ticket por la renta del smoking en el bolsillo de un pantalón que no era el suyo, colgando en un armario que no reconocía. La fecha marcada era: mañana. ¿A partir de cuándo?, se preguntó. ¿A partir de quién hacía la pregunta?