
Malva sopló las brasas despertando al fuego. Las sombras se proyectaban contra las paredes de adobe mientras el olor a café de olla inundaba la cocina. Afuera, el gallo anunció pronósticos de eclipses parciales y el rocío mojaba la milpa. Era un día común de sudor y tierra, donde el único misterio era si la cosecha llegaría antes que el cansancio la venciera.
Desde que su esposo había muerto, ella tenía más labores, pero también, desde que fue enterrado, la cosecha era más grande.
Malva no lo había dejado partir al otro lado. No hubo adioses ni resignación, pero tampoco había sido consumida por el odio que sentía hacia aquel hombre violento. Lo tenía allí, nutriendo los maizales con su propia ausencia, obligándolo a transformarse de nuevo en materia. Al caminar entre los sembradíos, la tierra vibraba con una sintonía conocida. El cielo también la obedecía, asegurándole que, mientras ella tuviera hambre, el castigo fértil de la carne de su hombre proveería.