
Corrimos por la azotea persiguiendo lo que sabíamos sería el último atardecer del mundo. Éramos solo nosotras: Alina, con su cámara de cine vacía, y yo, aferrada a su mano bajo un cielo que se estaba borrando. Pero el Sol no se ocultó. Se quedó allí, vibrando en el horizonte.
Decidimos sentarnos a esperar, con el alma que habitaba lejos, con los recuerdos brincando desde el techo. Sin gravedad, todos los otros cuerpos flotaban en la playa.
Elena se giró hacia mí y me besó; fue un beso lento, con sabor a despedida. Repetí el cliché, repetí el beso. Me negaba a que la película se terminara. Le pedí algo que no podía responder con palabras.
Me apoyé en su hombro, que ahora se sentía como luz líquida. Agua de Alina. El Sol dio un último pulso cromático. Luego permaneció aguantando la respiración, antes de sumergirse en la piscina. Agua de Alina.
La animación renderizaba. El guion se iba actualizando.