
Decían que si escaneabas el código de barras de esta marca de refrescos en lata al revés, la caja registradora imprime la fecha exacta de tu muerte. Buscando esa leyenda urbana que surge de la perfección técnica, lo intenté; pero el aparato solo arrojó un error de lectura.
La cajera me miró con lástima, pues sabía del deseo por lo original. Conocía la humillación existencial.
Escaneaba las cicatrices que son más que simples marcas; es nuestra vida y sus misterios. Su mirada me decía que para mí, el sistema ni siquiera tenía un final programado.
Y yo ahí, con el refresco en mis manos. El refresco al revés. El código era lo único que estaba muriendo.