
Escondida bajo una gabardina que olía a cansancio, llevaba una ciudad. Sus válvulas rojas palpitaban con un ritmo roto. Los faroles le tienen miedo a la oscuridad, la oscuridad le tiene miedo al ambulante. Destreza mecánicas hirviendo con el aroma espolvoreado de las orillas del mundo. Un estruendo. Otro asesinato del que se hablará mañana en los periódicos. Soledad que nunca llega a casa. Gabardina que se lava bajo los labios pegados de una refugiada que temblaba, que el orden prohíbe, que la violencia exige. El asfalto escupe un vapor espeso que sabe a promesas oxidadas. Bajo el suelo, los nervios expuestos se retuercen, nos devuelven otro escenario.