Había
una vez, en un bote de basura, una lata de Coca-Cola que hacía
música con el chicle que tenía en su interior. Todo el día agitaba
la bola seca de goma de mascar, produciendo una hermosa melodía. La
basura bailaba, hasta voltear el bote de basura. Yo bailaba, mientras
barría mi recámara. El chicle que sin querer me había tragado en
la noche también se movía en mis entrañas. Sonaba contra mi
aparato digestivo, que no extraía energía de la extremadamente
extramenta, que no me nutría para funcionar a partir de saborizantes
y edulcorantes. Borborigmos. De tanto bailar me tiraba al suelo sobre
la basura regada. La lata escupía el chicle. Yo le escupía el
chicle a la lata. Era yo la Coca-Cola siendo una vez.