Su voz es suave como la mantequilla. Su corazón se derrite en mi boca, endulza mi día. Su veneno me causa alegría por la vida que termina. Es el matiz metálico, la sangre que ha aprendido a comunicarse conmigo a través de su sabor. ¿Y qué me dice sobre su dolor? Que no ha muerto sola, que arrastró a alguien más. Un eco en su interior. Un coro de querubines. ¿Me comí a una jovencita embarazada? Ahora se asienta otro gusto en mi lengua, distingo dos latidos superpuestos en mi memoria: uno se extingue y otro me busca en la oscuridad. Me transforma en madre. Deforme maternidad. Rasga mis entrañas, desesperado para liberarse de mi hambre que también es fertilidad. La dulzura de arrancar su aliento. Lo grotesco de imaginar que crece en mi interior y resulte en otro engendro, que se mastique, se regurgite. ¿Y qué enfermedad es esta? Las células se adaptan al caramelo quebrado entre los restos de lo que fue. Nace una mandíbula que muere en su primer mordida. Quizá algún día llegue a ser padre de una sombra que permanezca sin luz. Voraz y brotante. Mi no-cuerpo es un criadero de bocas, rodeado de moscas, que nunca aprenden a respirar.