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Farmacofobia

Lo invadió al dormir, por lo que despertó ya con la densidad gris en todo el cuerpo. Apenas podía respirar, nunca antes había sido tan pesada aquella sensación tan desagradable. El cielo no estaba nublado, ni oscuro. Simplemente no había nada más allá de la ventana. Parpadeó, pero sus ojos se pegaban por la acumulación de lagañas. No sólo en sus párpados, también sobre su piel había un exceso de piel muerta y secreciones resecas. ¿Cuánto tiempo? Ahora la ventana ya tampoco estaba. Este era el día. Todo iba a desaparecer si no se daba prisa. La solución se encontraba en su mayor miedo. Tenía que ir a la farmacia.

Abrió la aplicación del banco en su teléfono. Tenía cierta gracia, ver números ansiosos que ya no se ven como gráficos sobre la pantalla. Pero ya no había tiempo de quedarse a lamentarlo, ni a empatizar con las cifras, ni a contemplar lo vívido de aquella prosopopeya. Los números también habían sido invadidos; tenían comezón y ganas de salir corriendo. ¿Cuánto cuestan? Ahora debía confiar en que la tarjeta fuera capaz de realizar la compra. Todas sus esperanzas estaban depositadas en el rectángulo de plástico y el chip electrónico. Chip es fuerte, pensaba, personificando de nuevo sin poderlo controlar.

La dosis tenía que ser exacta. Si las pastillas estaban invadidas, no habría ningún efecto. No se iba a dormir. Iba sudando, paranoico extremo, con miles de millones de rostros desintegrándolo a cada paso. La calle se alargaba, se hacía curva, giraba al realismo mágico, caía en lo surrealista, nihilista, sueño de fiebre, alucinación, pesadilla, cáncer metastásico en todas direcciones, luego rizoma infinito. Pero él sabía que en una de tantas posibilidades de conexión, la calle sería la correcta, la entrada a la farmacia quedaría ubicada justo enfrente. Y unos cuantos pasos después estaría adentro. Tomó todas las cajas que pudo entre sus manos y las colocó encima del mostrador. La sombra habló. La voz se ensombreció. Casi seguro ya había hecho la transacción. Los números no estaban del todo muertos y la tarjeta había entregado su último deslizamiento al interior de una terminal de cobro. Agua, de donde fuera, agua y una tras otra las pastillas fueron a su interior. ¿Lo había logrado? ¿Había superado su miedo a ir a la farmacia? O mejor dicho, con prosopopeya, en palabras de la pastilla que lo mató: Él tenía miedo de ir a la farmacia porque sabía que las iba a comprar algún día.