El olor a canela pervirtió mi entorno aquella noche de lluvia suave. Los ingredientes sádicos castigaban mi sentido del olfato con placer. Harina frita, azúcar espolvoreada, chocolate derretido. Al tacto lo dominaba el H₂O en estado de precipitación. Sumiso y obediente caminé hacia un destino masoquista. Entonces mi mirada se rindió ante tu sonrisa. Dominatrix de comisuras marcadas y labios delgados en su tono natural, de piel clara, de alma joven, de cuerpo de mujer. Castigo de amabilidad y conexión inmediata. Tacón clavándose en el espectador de una función de estreno, cercana al ensayo general, un optimista primer día de venta. El clímax de la interacción hizo latente una posibilidad de contacto físico. En la transacción monetaria haríamos real una de tantas sensibilidades. Podemos transformar la realidad de este local, llevarlo a otra fijación en algún rincón de nuestras mentes. Las manos se tocaron. Mi piel te pertenece. Hazla arder. Hazla sangrar. Ponla a freír sumergida en aceite caliente. Muérdeme a mí, bebe la noche. Y sufriré con gusto el no saber ni tu nombre. El ser tu objeto de mayor gozo y disfrute. Ser un juguete. Un rico postre.
(O dicho de otro modo, me gustó la chica del local de churros que acaba de abrir cerca de aquí).