Simulamos el resplandor estelar de la rosa de los vientos con fuegos artificiales, por lo menos así teníamos un camino para ir siguiendo. Avanzamos entre luces clandestinas, fugaces, intercambiando los caminos de ida y vuelta hacia la ciudad de la que creíamos haber partido, o la que pensamos deberíamos llegar. En lo alto de la colina central no encontramos ningún refugio o protección alguna. Sin rumbo, los puntos cardinales ya no podían diferenciarse, nada era indicio de dirección.
El daño al tiempo era inevitable. Podíamos escuchar el cielo de cristal resquebrajándose sobre nosotros. Pronto los hemisferios cruzarían el horizonte de eventos con nosotros justo sobre el núcleo del mundo. Cada paso nos iba hundiendo más profundo bajo el terreno hecho de cenizas. Nos sobraban teorías para explicar lo que estaba sucediendo, pero en términos de fundamentos, evidencias y conclusiones, el grupo de exploración solamente acumulaba despropósitos. Nuestros sistemas simbólicos para explorar el entorno y el ser se desintegraban igual que la realidad, hasta sus partículas elementales. Magia, religión, arte, filosofía, ciencia, cada idea y cada creación reiniciaría con el ciclo efímero de existencia. Deshaciéndonos, reducidos a puntos, átomos, polvo cósmico.
Entonces el reloj de arena dio la vuelta.