A mediados del fin del mundo había un hombre que recorría las calles cumpliendo su misión de vida, encomendada en una visión de ayahuasca por la madre de la creación, bautizaba perros callejeros.
La raza canina lo reconocía como un maestro enviado a brindarles el sacramento natural que los ascendería hacia el inevitable final de los tiempos, por lo que no ponían resistencia alguna al proceso de ser sumergidos en un charco de lluvia y beber un trago de alcohol adulterado que el misionero llevaba consigo, para luego ser levantados en brazos y concluir el ritual con la exclamación del nombre compuesto que la madre de la creación había elegido para ellos: ¡Hiroshima-Fluffy!… entre muchas otras combinaciones de elementos culturales y eventos catastróficos del siglo XXI.
La consagración aliviaba cualquier dolencia, sanaba enfermedades, quitaba el hambre, calmaba el espíritu, aclaraba la mente, purificaba la vida, eliminaba de los perros todo rastro humano, tecnológico y religioso. Porque hemos de aclarar que aquella persona andrajosa cubierta por varias capas de ropa vieja, no era Santo el Bautista de ninguna iglesia. Los animales incluso se preguntaban si debajo de esos harapos habría un ser humano; lo más probable era que no. Una vez que el bautismo los ascendía, los perros se percibían en armonía con el entorno. Presentían el último aliento del planeta, pero ninguno sabía si esto tenía alguna dirección.
El bautizador de perros seguía manifestándose ante todos los perros callejeros del mundo. La madre naturaleza poseía un emisario caminante que deambulaba la desintegración urbana y otorgaba salvación a la raza canina.
Cuando finalmente el tiempo dejó su propia dimensión, el mundo se quedó en silencio. Los humanos y sus ideas se habían ido. Este territorio ahora pertenecía a los perros. El mensajero, profeta del apocalipsis, avanzó hacia el último cachorro nacido en la era previa. Uno más y habría terminado la misión. Se abrirían los cielos de algún ensueño filosófico, se acercaría el paraíso que surge al caer y desaparecer toda una civilización. La realidad era ficticia, siempre lo había sido. Pero los perros eran tan reales como ellos mismos quisieran ser. Esa era la única libertad amorosa que la madre de la creación podía entregarles. El pequeño viringo actuaría como psicopompo. Observó al caminante levantarlo, fue bañado en el agua de muerte, bebió la vida. El bautizador desaparecería y los perros serían guiados hacia el no-tiempo, el no-lugar. Que el perro herede el mundo material e imaginario del ser humano, que regrese a la naturaleza libre de conceptos y significados, que el fin del mundo ocurra y con ello se elimine el propio mito de la creación. Hacia una utopía canina.
Lo nombró, casi con un murmullo: Fabián de las Últimas Ideas.
Y entonces se acabaron las palabras.