La discoteca se mecía, arrullándome con luces de colores tenues y canciones pop bailables en idiomas que no comprendía. En mi chamarra negra, imitación de piel, caía algo de ceniza. Estaba fumando socialmente otra vez. Le mentía a la información en mi perfil de aquella aplicación de citas. Luego bebí. Ya no me reconocía, pero me sentía tan bien conmigo misma, me gustaba. De haber sido tú con el teléfono en la mano, me hubiera deslizado a la derecha. Y no lo digo levemente, lo digo con un ego que no cabe en cualquiera de las realidades adentro del vaso-cenicero de plástico rojo aparentemente indestructible. Me refiero a la extrema derecha, al führer.
Hoy no me quería ir de la fiesta; no hubo un momento Dillinger de planear el escape perfecto, de improvisar pretextos. En mi pantalón una mancha de cerveza manchada de pantalón. Y en la bolsa metí todas las cosas que a nadie le importan, para poder seguir bailando contigo.
Te pedí que reviviéramos nuestro proyecto musical, recordé lo bien que tú cantabas. Courtney y Kurt, pero alejadas de las escopetas, de los patos, de los sueños que nunca despiertan. ¿Cuántas referencias ligeramente oscuras iban? ¿Existía o no un dejo de agresividad a punto de potenciarse? ¿Quién lanzó la botella?
Íbamos corriendo calle arriba, calle abajo, calle cayendo calle arriba, calle cayendo calle abajo. Recibí la notificación, efectivamente, estaba manifestando una mejor versión de mí misma, resultando en ser más atractiva y dispuesta a iniciar una conversación, prospecta de relación. Y arruinarla, diciéndote al oído mientras me intentabas besar: Heil Hitler. Y cambiar la música romántica por The Dillinger Escape Plan. Y monopolizar la conversación con mi ensayo de evidencias inconcluyentes sobre el asesinato perpetrado por cierta rubia desagradable.
Ahora sí me estaba reconociendo. A la yo de siempre. Ahí estaban el romanticismo tóxico, el caos, el ego desbordado y autodestructivo. La ironía narcisista, el glamour intensamente rojo intenso, sobre mis labios y mis mejillas, corriéndose entre mis piernas, tocando los muslos, las caderas. La suave sensualidad del pavimento. Esta noche era para bailar, para sangrar con gracia, con la elegancia punk que de mí misma a veces me privaba, a veces imitaba, a veces invitaba, a veces, beses.
A veces