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Oya

Le llegó el rumor de una extraña canción que hacía bailar a las plantas. Se trataba de una melodía simple creada con TuxGuitar y GXSCC, un MIDI convertido a sonido 8-bit, aparentemente de su propia autoría.

No era la primera vez que uno de sus pasatiempos ociosos producía algún efecto raro entre los múltiples niveles de la realidad. Sin embargo, creía que nunca había interpretado esa canción. Le enviaron capturas de pantalla de una conversión inversa del archivo de audio a MIDI y luego a partitura musical, pero al tocarla en su guitarra eléctrica desenchufada, como siempre solía hacer, ninguna memoria se desencadenaba; no era suya y no recordaba haber improvisado algo similar entre los proyectos que al final quedaban descartados.

La melodía se titulaba Oya. En esto sí había una fuerte coincidencia con su proceso creativo; todas sus canciones hacían una referencia a personajes ficticios femeninos. Investigó -entre los múltiples niveles de la realidad- y fue descubriendo un poco sobre la mitología de la cultura yoruba. Una diosa de las tormentas para una región donde ahora sólo existían desiertos.

Seguía sin resonar ante esa secuencia de notas específica, pero cada vez sentía más curiosidad. Siguió pasando entre capas de la realidad. Toda la noche pensando en los minerales utilizados para la fabricación de componentes electrónicos. Soñó una lluvia de litio. Iba fluyendo entre imágenes recursivas de pixeles medrando y sonidos lentos que florecían como robots de primavera. Había una relación entre todo que no lograba comprender todavía.

Despertó, varias veces, en distintas capas. Hasta que pudo experimentar una vida generada a través de los procesadores técnicos, gráficos y acústicos del FAMICOM. Llovía, salía el sol. Y en un balcón bailaban los geranios.