–¡Mesero, mesero!
–Dígame señorita, ¿en qué puedo ayudarle?
–Hay una mosca en mi café.
–¿Gusta que le traiga más?
–¿Más café o más moscas?
–Más moscas, desde luego, señorita.
–¡Pues sí, obvio que sí, estoy pagando un café mosqueado y apenas le echan una mosquita de fruta! ¡Es indignante!
–A nombre de mis compañeros en la cocina le pido una disculpa. En seguida le mosqueo su café. Con permiso, señorita.
La chica no lo sabe, pero luego del silencio incómodo, su acompañante inventará un pretexto para salir pronto de aquí y dar por concluida la velada. La cita no fracasará por el exceso de moscas en la taza, ni por la falta de estas, sino por las conductas incompatibles tras el choque de expectativas.
Otra noche más en el Terraza Moscafé