Tras un accidente en automóvil, acudí con la bruja de la tierra. El conjuro que me propuso requería enterrarme vivo junto con algunos fragmentos de metal del carro, que había quedado igual que yo, completamente destruido. Serían los gusanos, bajo su control y mandato, los que harían el trabajo más pesado. Iban a comerse mi cuerpo descompuesto; me fundirían a la temperatura del núcleo terrestre, iluminando la noche de Luna llena con mi fuego fatuo. Mis huesos se harían tan fuertes como el acero. Podría volver a caminar de nuevo. Era una resurrección, pero yo todavía no estaba muerto. Un fénix cuyas alas habían sido arrancadas. La bruja iba a cantar, yo tenía que escuchar en todo momento su canto, para mantener mi consciencia unida desde el plano astral. Mientras me convertía en cenizas. En polvo estelar. Un entierro, una cremación, un nuevo nacimiento. No quería perderme su canción, por escuchar los vidrios rompiéndose, las láminas aplastadas, el golpe contra el muro de contención. Mi corazón latiendo rápido, a 120 km/h. La ambulancia. La sirena y una melodía muy parecida al llanto. Mi silencio. La bruja la muerte. El ataúd el auto. La sangre la poción. La tierra el pavimento.