1
El
monstruo bajo la cama llevaba una semana muerto. Era extraño, aunque
no tanto, que primero mi madre me pidiera llamarlo papá y después
me rogara que le ayudara a matarlo. Así ha sido ella siempre. Y no
me enoja tanto el hecho de que siga trayendo a sus parejas a vivir
con nosotras, ni que alguno de ellos se intente portar como un cerdo
conmigo. Ni siquiera me molesta ser cómplice en el asesinato de este
idiota. Me encabrona que los guarde abajo de mi cama y no de la suya.
Es verdad que nunca lo he hablado con ella y que deberíamos tener
una mejor comunicación -así como es capaz de decirme que jale la
cuerda para ahorcarlo, me podría preguntar cómo me siento-. Pero a
mí me parece más cosa de sentido común. Era tu güey, tú lo
mataste… va abajo de tu cama.
Yo
nunca he traído a nadie a casa. Ni vivo ni muerto. Siempre he tenido
miedo de acabar igual, cogiendo con puro pendejo al que después voy
a querer asesinar.
Debería
poner el colchón en el suelo, sin tambor. Esa es una mejor idea. Y
arrastro a este cabrón abajo de la cama de mi mamá.
2
Había
otro monstruo bajo la cama de mi mamá. Debí suponer que mi santa
madre tenía una buena razón para enjaratearme a mí los cuerpos de
sus exnovios. Por la descomposición del cuerpo diría que ese tipo
tiene de cadáver lo que yo tengo de vida. Spoiler alert: mi
papá-papá se está pudriendo en el cuarto de al lado. O sea que así
como abandonarnos, lo que se dice abandonarnos, pues no. Aquí sigue.
No
mames. No mames. No mames. ¿Y si mi mamá se lo ha seguido cogiendo?
Qué puto asco, no te pases de verga. Pero se me hace que sí. Pinche
vieja cochina. Sí es capaz. Cabrón que sí es capaz.
La
verdad sea dicha, mi papá sí estaba guapo. Violador y lo que
quieras, pero guapo.
3
Qué
fácil sería, para el final de la historia, que yo estuviera muerta.
Otro monstruo abajo de la cama. Así no tendría que enfrentar la
realidad de una familia disfuncional de criminales, de que ya sea
normal para mí estar matando gente y dormir entre sus cadáveres. O
que mato a mi mamá para empezar una nueva vida lejos del olor a
putrefacción. Porque es eso lo que en serio me emputa, el pinche
olor a monstruo.
Pero
yo a mi mamá la quiero un chingo. ¿Quién soy yo para juzgarla?
Capaz que sí se siente rico. Igual y pruebo nada más desvestir y
agarrarle el pito al último.
Porque
a mi papá, no. Eso sí ya estaría muy enfermo… ¿No?