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El virus

El traje de contención era su último recurso para entrar y salir del laboratorio a salvo. Lo reforzó con cinta adhesiva industrial, en un intento desesperado por sentirse más seguro. Adentro del almacén, en el compartimiento refrigerado, un tubo de ensayo contenía sangre inmune al virus. Era una esperanza. Ya no para él, pero una esperanza que le daba sentido a su vida en medio de tanta muerte. Prostitución de la muerte. Le entretenían esos pensamientos mientras repasaba la ruta de ingreso y escape al edificio de la farmacéutica. Era su sangre a cambio de La sangre; su vida a cambio de La vida de su familia. Trató de escuchar la voz de su mujer, la risa de su hija. Una máscara de texturas para cubrir los gruñidos miserables de los hambrientos. Pronto el fuego iba a consumirlo todo. 3, 2, 1. A correr.

Iba tan rápido como podía, seguro de que los hambrientos ya venían detrás de él. Podían saborearlo desde la distancia. Estaba listo para recibir los rasguños y las mordidas. Pero tenía que lograr sacar el tubo y enviar al dron. Lo que pasara con su cuerpo después ya no tenía importancia. El dolor sería pasajero. Después se convertiría en uno más de la horda. Quizá el fuego también le daría descanso. Seguía corriendo. Llegó al almacén. Pero antes de empezar a buscar las muestras, los cristales a su alrededor se rompieron. Los hambrientos habían entrado al mismo tiempo que él.

Ahora, ¿qué recuerdo podía evocar en su interior para encontrar la fuerza de terminar con la misión? Lo iban rodeando poco a poco. Era su presa. Pero no podía ceder ante el miedo de ser comido vivo sin lograr salir de ahí. Había hecho una promesa. En medio de este apocalipsis, con todo en su contra, era él quien había contagiado a su familia con el virus inexplicable e irracional de la esperanza.