Cubrí mis ojos para dejar de ver espíritus florales. Porque no quería caminar un sendero marchito, al despertar con el aroma de una planta seca. Pocos conocen que también, con la capacidad de distinguir el más allá, la acústica se vuelve putrefacta. Que incluso el agua adquiere un sabor a huesos y cenizas.
Estar en contacto con fantasmas, es cederle tu percepción sensible del mundo material a la muerte. No sabes en qué momento, la realidad será invadida por la decadencia. Y esa es la forma de comunicarse con ella, es abismal-sensitiva.
Las flores son un símbolo de la belleza en lo efímero. De lo hermoso que es morir, que es estar vivo. Por eso considero una aberración que mi don, mi maldición, les otorgue una inevitable permanencia.
Mi naturaleza es distinta. No es una fuerza que conduce la vida a la muerte. Está alterada. Trae la muerte a la vida. Yo sigo siendo transitoria y fugaz, pero mi experiencia presenta las fases de la realidad desordenadas, la perspectiva equivocada del mundo. Es un verdadero horror.
No puedo evitar al tiempo, pero mi recorrido transcurre alterando a mi alrededor el presente, el futuro y el pasado. Y ni siquiera puedo rectificar con mi mente, ni con el arte, aquello que vivo y aquello que olvido. No me veo a mí misma atada al ritmo del mundo natural. Lo terrible, lo fatal de que no se me permita pensar en mi propia mortalidad. Que me condena a una existencia frágil y aterradora al no poder diferenciarla la secuencia de imágenes sensoriales que me revuelven lo sublime. Y entonces ya no sé qué es la vida, qué es la muerte.