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El oficinista observaba una demostración de actividad paranormal para nada aterradora, pero impresionante. La mandarina, que al iniciar su jornada laboral a las 8:00 a.m. estaba sobre la mesita de la cafetera al otro lado de la oficina cinco metros hacia el frente, se había estado acercando a él poco a poco. Cerca del mediodía ya ese encontraba en el cubículo inmediato a su derecha. Se movía cuando no la miraba. Y como no había nadie más en la oficina, le parecía imposible que esto pudiera suceder. Habían sido cuatro largas horas de buscar explicaciones lógicas. Pero no tenía ninguna. Esta era la primera vez que cuestionaba a tal grado su escepticismo. O su cordura. Estaba dispuesto a asumir que se encontraba ante una manifestación paranormal. Se entregaba, se rendía a estas realidad más allá de lo terrenal. Sabía también, que en cuanto volteara su vista hacia los números en la computadora, la mandarina haría su movimiento final. Efectivamente, a las 12:00 p.m. en punto, la mandarina estaba justo a un costado del teclado, como si fuera su tentempié para después del almuerzo. Algo en el ambiente de la oficina parecía haber cambiado. La temperatura era más baja y las áreas de trabajo adyacentes parecían enmudecidas. Miró fijamente a la fruta cítrica. O quizá era la mandarina la que lo miraba fijamente. El velcro de la naturaleza. El delicioso sonido de la cáscara desprendiéndose de una mandarina hacía eco en los oídos del oficinista. Se pelaba por si sola. Y luego, súbitamente los pedazos de cáscara se doblaron haciendo brincar pequeñas gotas de jugo directo a sus ojos. El ardor era insoportable. Se tallaba con las mangas de la camisa, sollozando. Como pudo, se levantó de la silla giratoria y avanzó a tientas hacia el garrafón, ubicado justo al centro de la oficina. Conito desechable. Agua en los ojos. De vuelta en su lugar, una sorpresa aún más surrealista. Había un rostro antropomórfico y ligeramente caricaturesco en la mandarina ya descubierta. La temperatura descendió, infernalmente fría. Y en el silencio, una risita parecida a la de un bebé de meses. Jijiji. Jijiji. La mandarina, con su vocecita chillona y distorsionada, le habló: La mandarina proviene de las zonas tropicales de Asia y su nombre se debe al color de los trajes que utilizaban los gobernantes de la antigua China. El otro nombre, tangerina, proviene de Tánger, Marruecos, lugar desde el cual se exportaba la fruta a otras partes del mundo. Jijiji. Jijiji. Cuando menos se dio cuenta, el oficinista estaba haciendo una presentación de Power Point para la junta de la tarde, en lugar del trabajo que tenía asignado desde hace varios días. Titulos en word art de colores mandarina y una horrible animación mal hecha que trataba de representar cómo se pela y va desgajándose una mandarina. Diapositiva 1 de 45... ¡Había información maravillosa en internet sobre esa fruta tan increíble! Jijiji, jijiji. ¿La risa venía de la mandarina o de él? 3:00 p.m. La sala de juntas estaba llena. El proyector conectado. Los jefes lo esperaban. Pidió el ascensor, pero la mandarina insistió en subir por las escaleras. Iban dando de brinquitos... Jijiji, jijiji. USB conectada. 🍊.pptx F5. 5:30 p.m. Ya había pasado la hora de la salida y nadie abandonaba el edificio. 10:00 p.m. Cambio de turno para los vigilantes del edificio. Informe. Nadie ha salido de la empresa. Qué extraño. 12:00 a.m. La policía y los guardias de seguridad suben a las oficinas para ver qué está pasando. Apenas al entrar, lo primero que notan es el aroma. Los cuerpos fueron disueltos de alguna manera, pero no es sangre, ni ácido. Es delicioso, fresco, nutritivo jugo de mandarina. Todos en la sala de juntas están muertos. Nadie en los cubículos, excepto un empleado al fondo de una oficina vacía. ¿Por qué está completamente vacía? Eran los oficiales también extracto líquido de fruta. El Sol salió, calentó el lugar evaporando el jugo hacia el ambiente del lugar. Era una mañana pesada, lenta y rara. Pero el día de trabajo tenía que empezar. Se sentó en su lugar. Encendió la computadora. Y de pronto notó algo bastante singular en su área. Era una mandarina, que parecía haberse movido ligeramente del lugar donde estaba. Imaginaciones suyas. Pasaba el tiempo y el fenómeno se repetía. Pero era, de alguna manera, familiar. El oficinista observaba una demostración de actividad paranormal para nada aterradora, pero impresionante. Y cada vez más divertida. Jijijijijiji, jijijijijiji.