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Nieblamiel

Apretaba entre sus manos la cajita musical, eso la hacía sentirse segura en medio del bosque. Perdida entre la niebla, el aire era cada vez más frío. Su aliento se congelaba ligeramente en volutas blancas que se disolvían en la neblina. Era un paisaje gris. Era un lugar de muerte.

Bajo sus pies descalzos, una alfombra húmeda de musgo putrefacto. Temblaba, sentía que le era difícil seguirse moviendo. Pero mamá le había dado esa caja de música como su objeto más preciado. Su melodía era mágica. Y ese encanto podía sacarla de esa pesadilla. Porque eso era. Una pesadilla.

Con los dedos entumecidos hizo un último esfuerzo para darle cuerda a la caja y hacer sonar su canción. Estaba a punto de quedar inmóvil, helada por un viento infinitamente triste. Pero esa no era la canción de mamá… Un líquido viscoso amarillento salía por sus oídos, escurriendo sobre sus mejillas. Goteaba muy lentamente, parecía un insecto arrastrándose por su piel. Burbujas nauseabundas que iban formando una costra brillante y pegajosa. Un dulce veneno. Un cruel engaño.

La música era un chirrido estridente, desafinada, desprovisto de armonía. La niña sintió una horrible repulsión, una burla hacia su madre y sus buenas intenciones. Pálida, cadavérica. Cayó hacia la niebla sintiendo asco ante su propia muerte.

El silencio se hacía más denso, cargado con el hedor de la pus que no paraba de brotarle por la orejas. Seguía lloviendo, o nevando, o lo que fuera que sucedía con las ilusiones de toda una vida desintegrándose en un sueño de olvido. No existía la magia. No existía mamá. Había muerto envenenada, secretando nieblamiel de hadas. Había sido un accidente. Eso era. Un accidente.