El sol de la tarde se filtraba débilmente por las ventanas polvorientas de la vieja casa de la abuela. Su nieta, una niña curiosa, exploraba el ático, un lugar que su abuela siempre le había prohibido, al que ahora, tras su muerte, podía acceder. Entre los baúles encontró una pequeña caja de madera con candado. Inmediatamente se llevó la mano al cuello. El collar que su abuela le había regalado en su décimo cumpleaños tenía un dije en forma de llave que encajaba a la perfección. La caja se abrió. Dentro, sobre un cojín de terciopelo púrpura descolorido, había una joya oscura, casi negra, con la forma de un ojo sin iris, cuyo centro parecía absorber la poca luz que le quedaba al día.
En el instante en que sus dedos tocaron la superficie de la joya, un escalofrío le recorrió la espalda y se sintió hundida en la oscuridad total. La voz de su abuela, lejana y con un tono rejuvenecido, resonaba en su interior: -Mi querida Ñublar. Este es el ojo de la muerte...
Soltó la joya. El ambiente había cambiado por completo, pero seguía en la penumbra. Ñublar era una mujer adulta ahora. A su alrededor, figuras encapuchadas la acompañaban en una ceremonia secreta. El ojo de la muerte robaba la luz del entorno, de la gente. Había mucho qué aprender, mucho por preguntarle a su abuela. Y el secreto para hacerlo estaba al alcance de su mano. La joya le ayudaría a manipular el tiempo, la realidad, la voluntad de otras personas.
De nuevo fue niña. Estaba acostada en su cama, tranquila, segura, mientras su abuela la arropaba. Ñublar adulta necesitaba explicaciones, Ñublar pequeña estaba a punto de escuchar un cuento para ir a dormir. Un cuento de brujas crepusculares.