Una noche, mientras reparaba una fuga en el sótano, el conserje del edificio escuchó un ruido metálico subiendo desde el desagüe principal, un sonido tan particular que no podía confundirse con otra cosa: era una rata pidiéndole que se desnudara. No cualquier rata, era la mascota de uno de los inquilinos que había fallecido recientemente. El conserje la había acompañado durante el funeral de su amigo humano, le ofreció ayuda y consuelo, ya que él hablaba el idioma de las ratas. El roedor, devastado por la pérdida, se había lanzado a la coladera en un intento de suicidio, que al parecer, no tuvo un desenlace fatal. Ahora la rata estaba atrapada en algún punto del sistema de tuberías y solo el conserje podía salvarla.
El hombre se acostó en el suelo, pegando su oído en la rejilla de la coladera, mostrando un poco de su hendidura interglútea al bajarse ligeramente su pantalón de mezclilla. El chillido de la rata, traducido por su mente como palabras, ya no era de súplica, sino de terror absoluto. Estaba atrapada entre heces fecales petrificadas, pero el miedo se lo provocaba una criatura extraña y siniestra que habitaba en la oscuridad del edificio. Una entidad que se alimentaba de los desechos orgánicos del ser humano. La rata sabía que el conserje estaba en peligro. Bastaba con que en su ropa interior hubiera el mínimo vestigio de materia fecal para que esto atrajera a la criatura y sería devorado. No estaba dispuesta a perder a un amigo más, por lo que luchó con todas sus fuerzas para zafarse, corrió a meterse por debajo del pantalón del hombre y empezó a roer su trusa manchada de caca. Le tuvo que lamer el culo, para limpiarlo. Esto impidió que la entidad demoníaca se alimentara del hombre. Podrían eliminarlo después, realizando un ritual… o simplemente limpiando tanta mierda.
Así fue como en medio de estas circunstancias paranormales, hombre y rata fortalecieron su amistad después de haber vencido a las fuerzas del mal. Después de todo, quién no ha sido el lameculos de un amigo alguna vez..