Los hermanos tuvieron que correr. No hubo alternativa. Las palabras fallaron, los gritos desesperados empeoraron la situación y el llanto no servía de nada. En el piso de arriba, una mujer desnuda sostenía un cuchillo de cocina, amenazando a la niña -de 8- y a su hermano -de 6-. ¿Se habría hecho daño a ella misma? El miedo ante esa posibilidad no era tan fuerte como la adrenalina que los recorrió al escuchar pasos fuertes bajando las escaleras.
Salieron de su casa. Lo que nunca antes habían hecho solos por su cuenta. ¿Recordarían el camino de vuelta? ¿Querían recordarlo? ¿Qué diría la vecina al verlos llegar? ¿Y si nadie les abría? Todas esas incógnitas se perdían entre el sudor, las lágrimas, las calles cada vez más angostas. La convicción de que mamá no saldría así a la calle.
En algún punto de la infancia, esto se había vuelto una rutina de fin de semana. Era el tiempo de calidad maternal que podían tener. Entre semana, el trabajo consumía. ¿El internamiento psiquiátrico? Al no haber recolección de esos eventos, se asume que mamá trabajaba mucho y por eso nunca la veían los niños. Se tenían el uno al otro. Lo sabían ellos y lo sabían los conocidos que podían entrar a la casa con o sin permiso.
¿Qué accidente van a tener? ¿Qué tipo de abuso prefieren? ¿Qué manera de ser pervertidos? No les pregunten a ellos. Pregúntenselo a los fantasmas que vienen por la noche a mover los columpios.
Las cicatrices en la piel. La vulgar poética de una cicatriz en el alma. ¿Juegan los recuerdos en el parque de las memorias fragmentadas? En un sube y baja. En una resbaladilla vandalizada. Una sección infantil a la que no se deben acercar. Y menos si en tu conciencia pesa alguna de estas circunstancias. Es peligroso. Está habitada por los traumas de un niño pequeño y su hermana. Con la infancia rota. Con su lealtad intacta.
A veces buscan perdón. A veces buscan venganza.