Se me apareció dos semanas antes de Halloween, de noche, por supuesto, cuando caminaba enfrente del cementerio. En vida debió ser una mujer hermosa; como fantasma no estaba nada mal. La sábana tenía una silueta de curvas pronunciadas y los agujeros de los ojos, ligeramente rasgados, captaron mi interés de inmediato.
Me siguió en silencio durante un buen rato, hasta un paso subterráneo que conectaba la avenida del panteón con la entrada del metro, pero en cuanto salí al exterior la perdí de vista. Regresé, bajando unos cuantos escalones y entonces la escuché hablar por primera vez. Me dijo que no se podía alejar tanto del lugar donde había sido enterrada. Burocracia de ultratumba que no entendí del todo. Platicamos durante un buen rato sobre su juventud, lo abrupto que había terminado con aquel accidente en motocicleta y su filosofía bohemia después de la muerte. A la medianoche yo debía tomar el último tren. Ella volvería al más allá. Pero ninguno de los dos parecía querer despedirse. Me cayó bien, definitivamente estaba entusiasmado en seguirla conociendo; es solo que no era ese exactamente el tipo de relación que estaba buscando.
Al otro día, ya que ese era siempre mi camino al regresar del trabajo, nos volvimos a ver. Ella a mí, primero. Luego yo a ella, la describiría como una sombra clara traslucida. Me saludó con un rápido beso en la boca y me abrazó durante varios segundos. Sentí que iba muy rápido. De hecho, para mí ni siquiera estaba claro que ya estuviéramos en una relación. Con esa leve incomodidad, volvimos a tener una larga conversación, profunda, terrenal y fantasmagórica por igual. Cualquiera que nos viera platicando ahí en el paso peatonal a desnivel, diría que éramos un par de jóvenes enamorados. Esperé hasta el final de la velada para comentar lo del beso. La sentí avergonzada. Me sentí tonto. Quizá estaba exagerando. A final de cuentas, sí me gustaba tener sus muestras de afecto. Tal vez tenía miedo a sentir un mayor grado de compromiso a tan poco tiempo de conocernos. No sé. Cosas de la vida. Cosas de la muerte. Intercambiamos números de teléfono y dijimos adiós por esa noche. Llegando a casa vi que tenía varios mensajes de voz. Psicofonías de cinco o más minutos de duración en el WhatsApp.
Entonces la ghosteé. Fue por impulso. Más que un presentimiento, fue en un arrebato de nervios. O algo así. Eliminar contacto. Bloquear. Me puse a ver rutas alternativas para ir y venir por la vida sin poner un pie en el cementerio. Ironías aparte, pensé que ella se iba a manifestar. Pero, ¿por qué imaginaba eso? Lo consulté con mi psicóloga a la primera oportunidad. ¿Era tan tóxico que estaba buscando provocarla? De ser cierto, me daba miedo a mí mismo. Cabía incluso la posibilidad, que desde un inicio yo hubiera manifestado su presencia, invocando a una fantasmita joven enamoradiza para ver hasta dónde podía llegar. Traté de recordar su número. Era una situación que podía arreglar. Rápido, rápido. Me demostraría que podía manejar una relación madura como cualquier ser humano, como cualquier espectro del inframundo. Corría y corría, cada vez más ligero. Cada vez más enemigo de Pac-Man.
Sin darme cuenta había muerto. Ya era parte del limbo. A ella nunca la volví a ver, ni en esta vida ni en la otra. Pero yo, por mí, todavía tenía asuntos por resolver. Cadenas que arrastrar. Mi alma no descansaría hasta no saber si era más cobarde que manipulador. O lo que fuera. Disponía del tiempo, de la sábana y de mis ojos negros. ¿Qué tanto verían de mí estas mujeres, vivas y muertas, detrás de la tela?
Traté de sonreír.