La clase de Artes Visuales tenía pocos minutos de haber comenzado y al pobre Juan Bautista Pascasio Escutia y Martínez ya le sudaban las manos sin control. Se había puesto pálido desde que vio al maestro caminando por el pasillo en dirección a su salón, el 1º D, con lo que identificó claramente como figuras de origami. ¿El profesor tenía la mente tan enferma como para obligarlos a hacer decoraciones para el Día de Muertos? Maldito loco perverso, pensó.
Juan Bautista Pascasio Escutia y Martínez había sido diagnosticado con un miedo irracional, derivado de la papirofobia, hacia las figuras de origami. Pero no es del tipo de cosas que el docente de secundaria pública promedio está al tanto sobre su población estudiantil. O quizá sí y le gustaba verlos sufrir. Como fuera, el alumno estaba ante una situación espantosa, pensando una salida antes de que fuera demasiado tarde.
Sus compañeros vivían un momento de felicidad total. Papeles de colores, música de fondo, instrucciones precisas y ejemplos claros para el desarrollo de la actividad. Risas permitidas, prefectas curiosas acercándose al espectáculo desde el pasillo. El maestro favorito luciéndose una vez más. Seguro que había un lado oscuro que no conocían de este monstruo, eso creía Juan Bautista Pascasio Escutia y Martínez, mientras su estómago se revolvía al observar las manos de todos sus compañeros realizando dobleces sobre las superficies moradas, violetas y púrpuras del papel bond de 75 g/m².
El demonio de la papiroflexia reptaba hacia su lugar. Lo miraba fijamente a los ojos. Estaba en medio del infierno. Su corazón latía acelerado. Tenía que hacer algo o su alma sería consumida. ¿Qué te pasa? Sus amigos de las bancas cercanas notaban una actitud extraña. Mientras, el maestro se acercaba a ver si Juan Bautista Pascasio Escutia y Martínez necesitaba ayuda en algo, robando miradas y devolviendo sonrisas a su paso. No sabían si era más amable que guapo. Pero era un infeliz, un desgraciado, una entidad espectral y obscena; se presentaba como alguien empático y seguro diría algo educado, pedagógicamente correcto sobre el alumno que no estaba haciendo nada.
No te voy a dar el gusto, Satanás. Eso gritaba en su mente llena de ansiedad y terror el joven Juan Bautista Pascasio Escutia y Martínez. Corrió entre las filas de bancas empujando a todos mientras pasaba. Llegó al pasillo antes que el maestro o las prefectas pudieran reaccionar y saltó por el barandal desde el tercer piso donde se ubicaba su salón.
Al año siguiente, en el 2ºD, las alumnas, más hormonales que nunca, recibían al maestro de Artes desde la puerta hasta el escritorio. Cuidando mantener una distancia ética y prudente con ellas, el profesor disfrutaba sus momentos como rockstar. Una vez más eran épocas de adornos, disfraces, ofrendas. Todos estaban a la expectativa y no iba a defraudar a nadie. Este año utilizarían luz negra para hacer brillar sus creaciones en la oscuridad. Maravillados, todos ponían atención y aprendían el fenómeno físico detrás del efecto de fluorescecia. ¿Es en serio tan buen maestro? Ese día, además, se había instaurado para hacer conciencia social sobre la papirofobia. Las miradas se dirigían a la cadera del maestro. ¿Además de todo se ha puesto a hacer ejercicio? Un murciélago de origami colgaba de su cinturón. ¡Estoy seguro que tiene que haber algo malo con él, no puede ser perfecto! Eso pensaba, atrapada en la figura de papel, el alma de Juan Bautista Pascasio Escutia y Martínez.