
¿Te puedes fiar del registro borroso de un observador inestable? El problema comenzó el día en que el artefacto decidió no reconocer mi rostro. Reflejos líquidos que tuve que limpiar con Cielo Mecánico. Se filtraban murmullos en la red mental, de alguna fase anterior. Sonó la alerta. Todos sentimos un ligero desplazamiento en la memoria, una grieta microscópica anunciando el próximo destello. Mi camisa de franela hizo la mayor parte del trabajo. Cuadros grises, ahora grises sobre grises. Malévich debería llamarse el mejor de los blanqueadores. Yo venía de una caminata inútil, con un recibo de devoluciones que me fue devuelto a mí. No podían aceptar papeles tan doblados, pasados por la lavadora con Malévich en un ciclo completo de enjuagado. Justo al entrar, en el umbral de la puerta, la máquina recalibró: —Primera anomalía. Estaba en el calendario, pero no en el tiempo. Entre los días. Era la cuadrícula. Algo fuera de sitio en esa unión específica de líneas reticuladas. Era un punto, que no era línea, que no pertenecía a la sucesión de eventos. Tomé mi Sharpie. Uní los puntos. Y con eso bastó para que el mundo se reorganizara en una amenaza administrativa: —Lloverá por error, cuando los árboles se enfríen. —Nunca llueve por error. No sé para qué me había molestado en contradecirle. Topógrafo de espejos. Arquitecto de simetrías inestables. Mentí en mi Currículum Vitae para obtener esta vacante. Y ahora qué. No puedo ni checar entrada hoy. No debí quitarme la pijama. Como concepto. Debí seguir usando pijama desde mi infancia. Ahí está la raíz del problema. Pero en un rizoma no hay inicio, ni final. Tampoco pijama.