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En su primer día como becaria de Laboratorios y Conectores de Robótica Konbini, Yumiko recibió el dilema que la acreditaría con el título universitario, si lograba resolverlo, claro está. Disponía de todo el semestre para hacerlo, pero podía marcharse antes en caso de terminar más rápido. Hubo una presentación muy breve con el personal del área y le indicaron dónde estaba su escritorio. Una terraza en la biblioteca, con un balcón que daba al patio interior. Tu horario es tal. Tu contraseña para la computadora es esta. Y así se sentó frente a una laptop sin acceso a nada más que el software de Konbini.
En la pantalla, se leían las siguientes proposiciones:
• El robot podrá llegar a soñar, en total libertad de programación, si y solo si el humano es capaz de inventar otro color.
• Si el humano no inventa un nuevo color, entonces el robot está condenado a repetir el último sueño del humano perpetuamente.
• El robot soñará y el humano perderá la vista; el precio del nuevo color es la observación del mismo.
¿Inventar otro color? ¿De qué humano hablaba? ¿Iba a perder la vista haciendo obligadamente su servicio social?
Fue por un café. Al menos no tuvo que pagarlo. En el camino por los pasillos de regreso a la biblioteca, portando su gafete que la acreditaba oficialmente como parte de los Laboratorios y Conectores de Robótica, por un momento se sintió toda una profesional entre las mentes brillantes que moldeaban el mundo tecnológico y la sociedad moderna.
Luego se sintió mínima ante el dilema.
Exploró el software de Konbini como primer paso. ¿Qué tipo de respuesta tenía que dar? ¿Qué tipo de respuesta podía dar? La aplicación le permitía adjuntar respuestas en texto, audio, video, imagen y código.
Pensó en la posibilidad de responder al dilema con una imagen del nuevo color. Sonreía mientras tomaba su café. Porque no tenía ni idea. Pero al menos sabía que la solución podía ser igual de abstracta que el planteamiento. Y aunque no le gustaba, también era consciente de que podía fallar. Tenía seis meses para fallar. Un sueldo de becaria. Café gratis.
Inventar otro color. ¿Qué significa -y quién está dándole el significado- a inventar? Físicamente, biológicamente, el humano no puede percibir un color que no esté en el espectro visible, en un rango de onda. Así como no podría escuchar un sonido sin frecuencia. Inventar. Ella podría nombrar en su mente el color Yumiko, asociarlo a ella misma y decir que ese era el nuevo color. Era tan simple que no debía ser… Igual lo probó como respuesta en texto y la computadora le arrojó su primer error. ¿De cuántos?
El humano. No dice el ser humano, no dice la humanidad. ¿Quién es el humano? Parecería que el problema plantea la existencia -o el concepto de existencia- de un humano en concreto.
Condenado a repetir perpetuamente. ¿Condenado? Pareciera que el castigo del robot fuera más grave que la consecuencia de perder la vista para el humano. El humano hacía un sacrificio.
El precio. El dilema estaba instaurado en un sistema de transacciones. ¿Sería posible que Konbini estuviera trabajando en la creación de una realidad donde el ser humano intercambia conceptos abstractos? Ese tipo de sociedad aún no figuraba a lo largo de la historia. Esta última teoría es la que más sentido le hacía. Si el humano vive de abstracciones, no necesita percibir la realidad exclusivamente mediante los sentidos. No debía pensar en el humano limitado por sus características biológicas.
La ambigüedad le parecía más un conjunto de reglas injustas hechas para que ella perdiera. Era joven, inteligente, bonita. Obviamente quería ganar.
El sistema es correcto. El sistema es cruel. Desconfía del sistema. Eso iba pensando en el ascensor. En el metro. En su tina. En la cama. En el metro. En el ascensor. Otro día.
Volvió a leer las proposiciones. La paranoia semántica de no haber interpretado una de las palabras correctamente hacía enfriar su café más rápido que de costumbre.
El segundo día, intentó hacer trampa. O al menos probar una respuesta que a ella le parecía así. Cuestión de perspectiva, reflexionó después, porque al final quién iba a decidir si la solución correcta no parecía inverosímil para alguien más. Abstracto, se repetía. Y probó sus trampas.
La solución que dio: el humano ya ha inventado el nuevo color. Sin mayores explicaciones, sin contenido ni archivos adjuntos. Solamente le dijo a la máquina que el nuevo color ya había sido inventado. Así obtuvo su segundo error.
Habló en voz interior. Ojalá pudiera decir algo tan vacío como “los robots no sueñan ni podrán soñar nunca a menos que sean programados para hacerlo”, quisiera de verdad pensar así. Pero hace mucho que la humanidad dejó de dudar en esa y muchas otras posibilidades. No había conceptos imposibles, solo hacía falta revelarlos. Era un hecho comprobado por la ciencia. Si se puede imaginar, es real.
La ceguera. Si bien era cierto que el dilema podía resolverse en el plano de las ideas, la pérdida de la visión se mencionaba como algo físico, relacionado a los fenómenos ópticos naturales. Pero un nuevo color. Era antinatural.
Antinatural por naturaleza. Pensó en el ascensor, metro, tina, cama. Pensó en eso el fin de semana.
Konbini estaba desarrollando una interfaz que servía de puente entre robot y humano, para el intercambio de conceptos abstractos al alcance inmediato de todos en la sociedad -máquinas expendedoras de abstracciones-. Esta transacción parecía beneficiar más a las máquinas, no como injusticia sino por tener mayores virtudes antinaturales al ser extensiones artificiales del humano, pero solo si se consideraba al humano como una entidad únicamente biológica. En una civilización transhumana -o posthumana- las tres proposiciones ya no se interpretan como un problema lógico, sino como las instrucciones de operación de un dispensador de goma de mascar comunicando costos y beneficios, mostrando por dónde va a bajar la pieza colorida de chicle girando un canal en espiral hasta caer en las manos…
Ese era el reporte de Yumiko a quince días de haber entrado al programa de becarios en Laboratorios y Conectores de Robótica Konbini. Era su mejor teoría. Era sólida. Y pensaba, la colocaba a ella misma como posible candidata a interactuar con la máquina expendedora de abstracciones.
Pasó la siguiente semana pensando en sí misma. Lo primero que hacía al llegar era apagar la computadora. Se veía reflejada en el monitor apagado. Pensaba en cómo sería una vida sin el ancla del cuerpo físico, de la realidad material. El robot podrá llegar a soñar, en total libertad de programación, si y solo si el humano es capaz de inventar otro color. El humano podrá llegar a soñar en total libertad de programación, si y solo si el humano es capaz de inventar otro color. Esa era la primera respuesta correcta que Yumiko creía tener asegurada.
Si el humano no inventa un nuevo color, entonces el robot está condenado a repetir el último sueño del humano perpetuamente. Esta proposición no le hacía mucho sentido, parecía más la visión y misión de la propia empresa Konbini. Una vida mortal, limitada, no tenía por qué ser una condena perpetua, pero en cuestiones de marketing parecía vender mejor la promesa de una solución a la propia existencia.
El robot soñará y el humano perderá la vista; el precio del nuevo color es la observación del mismo.
Aquí todavía tenía problemas. ¿Por qué mencionar que el humano se perderá la observación de esta nueva realidad?
Fue por café. Quizá era un detalle técnico. Tal vez la tecnología que Konbini había desarrollado era incapaz de proyectarse en el espectro visible. Se interpretaba directo en el cerebro, podía tocarse, sentirse, olerse, saborearse, pero no se podía ver. Probablemente era más barato de producir de esta manera. O también era parte de la filosofía en esta corporación, un nuevo sistema que erradique la visión como la primera capacidad de los seres humanos.
Un mundo en oscuridad, con total dominio sobre ella.
Salió al patio por primera vez en los tres meses que llevaba haciendo sus prácticas. Quería ver, pero no ver, los árboles de la jardinera. Quería abstraer de la realidad, sabiendo que existían potenciales más grandes que la vista. Pensó en lo invisible. Lo invisible era infinito, lo visible no. El sistema es correcto. El sistema es cruel. Desconfía del sistema. El sistema es perfectible. Resuelve el problema.
El mundo de las ideas. Hacia el universo de las ideas. La realidad de las ideas. En total convicción, disfrutaba el resto del día en los patios interiores. Segura de ella misma y de su respuesta.
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En su primer día como becaria de Laboratorios y Conectores de Robótica Konbini, Ayumi se ofreció a llevar el café de la Dra. Yumiko. No podía esperar a olerlo.