
Quería irme de nuestro departamento, a mi departamento. Irme tan pronto como consiguiera las cápsulas de individualidad, dejar a todos nosotros atrás, abandonarlos.
Y es que solo había sino necesario tomar una cápsula para conseguir esta sensación de conciencia aislada. Experimentaba la realidad desde una sola perspectiva, lo disfrutaba como el máximo placer que hubiera tenido en la vida, pero sabía que era una solución temporal. ¿Qué ocurrirá si las tomo repetidamente, como un hábito, o incluso tan solo una siguiente dosis? Mis manos temblaban. Pero, poco a poco, otros pensamientos que no eran míos, iban interrumpiendo. Las otras conciencias que habitamos adentro volvían a tener presencia simultánea.
No le avisé a nadie que me abandonaba. Ni a ninguno de nosotros, ni a ninguno de los otros.
Había llegado hasta el tejado, pálido y temblando por la tensión. Era ansiedad, la película. Era verdadera ansiedad y lo mejor que era solo mía. Era yo el único protagonista.
Desde que circulaba en el mercado negro un antídoto para la fragmentación, la sociedad iba camino a una revuelta masiva.
¿Qué se supone que era yo, un activista? Tengo aquí instrucciones escritas que entran automáticamente en acción en el momento mismo en que caigo inconsciente y me levanto sin intrusos en el cerebro. ¿Cómo decide la mente qué personalidad es la poseedora de nuestro cuerpo? De mi cuerpo.
Recuerdo, como si se tratara de mi primer sueño: Los demás nos iremos a esas habitaciones de ahí al lado para que ustedes dos puedan hablar en privado.
Quizá eso hace la droga, te permite que dialoguen el cuerpo y la mente como una sola entidad. La comunicación no como un proceso cíclico que necesita un alter, emisor y un ego, receptor. Un rizoma inmediato que me permite separar las personalidades múltiples con las que todo ciudadano nace impuestas.
Era como probar una noche de lluvia lenta. Pero la ansiedad interrumpía. La lluvia lenta.