
Nunca tuve fe. Nunca me consideré religioso. Pero quería tenerla. Conocerla, aprender, dominarla. Para poder transmitir esa confianza al hombre que no se parecía a la marioneta. A él parecía no quedarle esperanza. Ni siquiera la esperanza de recuperar la esperanza. Yo tomé el vacío y lo hice cuento infantil. Yo solo quería que sobreviviera de algún modo. Pensé en los títeres, por ser arte que antes no había probado. En escenas cortas: Las lágrimas le brotaban de los ojos. Debía ser capaz de mover al juguete tradicional para encorvar su cuerpo, llevar sus manos frente al rostro. Debía ser capaz de fingir el llanto. Lloraba siempre en actitud de conspiración. Sentía vergüenza de verse desmoronado. Ocultaba. Sufría. Cuando la ansiedad lo sobrepasaba, el miedo se apoderaba de él, como si alguien más lo controlara. La situación es desesperante. Ahora el títere me hace sentir que soy igual de asfixiante. Pero su libertad no es vida. Mi dominio no es crueldad. Es el ensayo de una obra infantil para salir a desafiar las calles de una ciudad que desaparece. Un día en el parque, con todo el espectáculo montado; ese mismo día como fotografías de hace más de diez años. Dice el señor de las marionetas que Dios no existe. Dice el joven de los títeres que Dios te dará la paz que te mereces. Dice el güey de los cuentos que vayas con la psiquiatra aquí, por las pastillas acá, que la meditación es esto u otro. Mirando el cuerpo que he pintado, revestido, articulado. Sus ojos permanecen fijos en aquel punto. Y después de todas las reflexiones, nada importa. Solo tengo un abrazo y las palabras: yo te quiero. Aquí te tengo estas manos de trapo, aquí te enredo. Aquí aunque ya no entiendo, pero lo que tengo es todo sincero.