
Una mujer me entregó una tarjeta de presentación en blanco, que al reverso decía:
Retira las sábanas. Tu esposa está durmiendo desnuda.
Cada vez había más mujeres que expresaban sus sentimientos a través de estas tarjetas, que comunicaban todo aquello que normalmente no se hablaba en una relación de pareja. Empezó como una tendencia de redes sociales, tipo broma planeada. Sonaba estúpido incluso como contenido trivial, pero quedó demostrado que funcionaba y cada vez era más común.
Quizá porque la sociedad se había trivializado al mismo grado.
Yo, por ejemplo, solo había visto a mi esposa en fotografías. Llevábamos casi diez años de casados, pero hacía tanto tiempo que no había intimidad física entre nosotros… A menudo intercambiábamos imágenes sugerentes, mensajes eróticos. Pero nada de sexo. Ni siquiera nos bañábamos juntos. Por eso nos apuntamos al sistema de tarjetas de presentación afrodisíacas.
Era una cadena indirecta de favores sexuales. Si una pareja se inscribía, podía recibir mensajes a través de cualquier otra pareja que se encontrara cerca. En nuestro caso, cualquier mujer que usara el servicio podía llevarme tarjetas y yo estaba obligado por contrato a dar mensajes a otras mujeres. Mi esposa recibía y entregaba tarjetas de los hombres. Había una carga fuerte de voyeurismo, invasión de la privacidad, por momentos incluso parecía un acto de infidelidad entrar al jacuzzi de una mujer mientras se masturbaba solo para hacérselo saber a su marido:
Estoy pensando en ti mientras me masajeo con aceite comestible sabor fresa-kiwi.
Y era imposible no excitarse un poco ante esas situaciones. Pero nunca sucedían actos inmorales o ilegales, ya que vivíamos en un estado hipervigilado. Uno se limitaba a imprimir el mensaje con la máquina portátil y se marchaba con todo y su erección.
Algunos te dirían que la verdadera joya de esta modernidad distópica era la tinta serigráfica de secado inmediato. Desde principios del siglo XIX las tarjetas de presentación nunca se vieron tan elegantes. Para mí, aquí estaba el secreto, la tarjeta al tacto era el verdadero objeto erótico-estético, nosotros habíamos dejado de importar. Esto es la era de la información/comunicación, después de todo. Lo afrodisíaco debía despertar un interés por informar y comunicar, no interesaba el acto.
Existían edificios de comunicación afrodisíaca, donde el total de los departamentos estaba habitado por parejas inscritas. Parejas heterosexuales, homosexuales, no binarias, de todo tipo. La sociedad era tan trivial como diversa. En estos lugares las parejas estaban tan cerca como se podía, pero nunca juntas. Vivían en cuartos contiguos, sin embargo nunca se veían en todo el día. Andaba cada quién en lo suyo y las únicas interacciones reales eran las tarjetas de presentación que se repartían entre vecinos. Así era como se sentía mi relación.
¿Pero por qué sería, que la alienación se había impuesto sobre todos nuestros impulsos sociales? Al recibir la tarjeta me daban más ganas de seguir inmerso en la computadora, buscando información sobre las parejas asexuales, la natalidad en el siglo XXII, el colapso inminente de las tarjetas impresas en papel ante la falta de recursos orgánicos en el mundo. Cualquier cosa excepto ir a la recámara con mi esposa.
Existía también la variante artística de enviar una tarjeta en blanco.
La autoreferencial:
Nada me excita más que ver a los hombres que intercambian mis mensajes.
No había límite moral ante lo que uno podía escribir.
Pero, ¿qué pasaría si enviara una tarjeta rota, o con una perforación, o una rasgadura? Si atentara contra este sistema. ¿Ante quién estaría expresando rebeldía, inconformidad, anarquía? Llegué a la conclusión que lo más radical que podía existir en nuestra situación era realizar el acto físico que la tarjeta prometía. No por deseo, ni impulso sexual. Esta era la única conclusión lógica posible.
Retira las sábanas. Tu esposa está durmiendo desnuda.
Pensé en la vigilancia, en lo rápido que debía actuar si de verdad quería un coito con mi mujer. Tal vez el aislamiento sexual era parte de la estructura totalitaria. No tal vez, así era. Y tenía un plan, de verdad que tenía un plan después de que rompiera la tarjeta en pedazos.
Solo que no podía recordar ni hacia dónde quedaba la recámara.
Te encontraré de nuevo, mi amor. Espera desnuda bajo las sábanas.
Y seguí haciendo lo mío. Siempre en lo mío. ¿Qué es lo mío? ¿Por qué ya no hablo con mi esposa?
Ah sí, ya sé qué escribir:
Tarjetas de presentación afrodisíacas