La ropa ondulaba suavemente, escenario que baila, lienzo que revela, nieve cayendo en un bosque congelado. Cada pliegue goteaba escarcha, fibra cargada de cristales que crujen bajo el viento cortante de la tormenta polar. La piel estorbaba, tensa sobre la capa fina de un lago solidificado, quebrándose ante cada respiración glacial. Los huesos superpuestos parecían estalactitas en cuevas milenarias, transparentes y frágiles, reflejando la luz azulada de la ráfaga exterior. Eran mujeres. Figuras esculpidas en bloques cristalinos, talladas por ráfagas y nieve acumulada, cada curva marcada por siglos de helada presión. Congeladas en movimiento lento, surcadas por finas grietas que brillaban con la luz de la aurora boreal. Sus muslos tersos como nieve recién caída, dejando huellas que el viento cubría al instante, borrando su paso en la blancura infinita. Arte nuevo. Otra vez era el color: el blanco absoluto de los glaciares, el azul profundo de grietas eternas, el gris cortante de tormenta...