
La ropa ondulaba suavemente, escenario que baila, lienzo que revela, nieve cayendo en un bosque congelado. Cada pliegue goteaba escarcha, fibra cargada de cristales que crujen bajo el viento cortante de la tormenta polar. La piel estorbaba, tensa sobre la capa fina de un lago solidificado, quebrándose ante cada respiración glacial. Los huesos superpuestos parecían estalactitas en cuevas milenarias, transparentes y frágiles, reflejando la luz azulada de la ráfaga exterior.
Eran mujeres. Figuras esculpidas en bloques cristalinos, talladas por ráfagas y nieve acumulada, cada curva marcada por siglos de helada presión. Congeladas en movimiento lento, surcadas por finas grietas que brillaban con la luz de la aurora boreal. Sus muslos tersos como nieve recién caída, dejando huellas que el viento cubría al instante, borrando su paso en la blancura infinita.
Arte nuevo. Otra vez era el color: el blanco absoluto de los glaciares, el azul profundo de grietas eternas, el gris cortante de tormentas que atraviesan el horizonte. Mucho calor, aunque ilusorio, el que se siente dentro de guantes congelados, sin lograr penetrar la capa sólida que recubre todo. La piel rígida como cristal transparente, imposible de tocar sin sentir el crujido y la fragilidad bajo los dedos. Los huesos, en acuarela, parecían fluir como agua que se congela en caída libre, cristalizándose en formas imposibles.
Eran jóvenes. Rubor de invierno en mejillas que nunca se calientan, pequeñas rosas de sangre solidificada entre la blancura de la ráfaga. Montículos suaves que parecen colinas cubiertas de polvo de nieve, contornos definidos por la luz reflejada en los cristales y la escarcha. Manos delicadas, moviéndose copos en un torbellino, etéreas y fugaces. Ya no necesitaba los ojos para ver; podía sentir la punzada que recorría el aire, el murmullo de glaciares que se quiebran en la distancia, el silbido de ventisqueros y la nevada que cubre todo.
Otra vez era oscuridad, la noche polar que envuelve el mundo en un manto de silencio helado, apenas interrumpido por el crujido de bloques antiguos. Mucha tranquilidad, quietud absoluta, un lago solidificado bajo la aurora boreal. Había sensualidad en lo denso del sistema óseo, en la armonía congelada de cada articulación, si la tormenta misma hubiera decidido esculpir la carne y el hueso en un instante eterno de invierno.
Eran mujeres, como un rayo de aurora. Jóvenes, como una ejecución de luz. Huesos ondulando suaves. Como polvo de diamante.