Por casualidad, si es que tal cosa existe, escuché que la familia Boon-Nam estaba teniendo el peor día de sus vidas: viajaban desde Tailandia y el vuelo se retrasó varias veces, los cambiaron de avión y las maletas se perdieron en alguna de las escalas; ahora estaban esperando de nuevo en un aeropuerto y para colmo, les pidieron compartir sala de espera conmigo. No tenían idea que iba a sustraer de sus bolsillos algunas de las pertenencias que todavía llevaban. Entonces vi una foto en la cartera de papá Boon-Nam. Una mujer, una hija suya que aún no ingresaba a la sala... Si creían que su vida no podía empeorar, ahora yo también quería formar parte de esa desgracia familiar, cuando me casara con Sunanda Boon-Nam.
La traducción en tiempo real de Google siguió ayudándome para acercarme al padre de la familia. Se notaba en sus gestos que ya habían pasado las emociones de enojo y agresividad más intensas, para instalarse en una frustración contenida, casi a punto de la resignación. La playera de club de futbol inglés era todo lo que yo necesitaba para iniciar una conversación casual. Le ofrecí una botella de Gatorade que me había robado de alguien más en el pasillo. Aceptó. Usando analogías deportivas lo animé a remontar la situación en la que se encontraba, lo reafirmé como capitán de su equipo y como un ganador. Me compartió un trago de la bebida energética, el último, un gesto heroico. Y entre la plática supe que su hija era estudiante de geografía.
El hermano adolescente parecía no ser un adolescente. No podía descifrar su edad. Bien podía ser un adulto joven, introvertido, fascinado en su videojuego portátil. Casi como si lo pésimo del viaje no le afectara en lo más mínimo. Mantenía el aparato tan cerca de su rostro que no me dejaba ver la pantalla. Quizá era un juego de estrategia. Demasiadas letras y números para algo que debería ser divertido. Pero igual lo intenté con él. Empecé a hablar de la piratería china y el entretenimiento, asumiendo que estaba usando una copia ilegal de algún dispositivo electrónico. De algún modo eso funcionó para generarle confianza y terminamos hablando de su hermana. Incluso tomó mi teléfono y me envió fotografías de la pasión por los juegos de mesa que compartía con ella.
Con la madre fue más fácil. Demasiado fácil. Apenas empezaba a improvisar una mentira sobre mi propia familia y la trágica muerte de mi hermano gemelo, para simular un momento vulnerable y emocional, cuando ella ya me estaba tomando cálidamente de la mano. Caminamos hacia el centro de la sala de espera, luego hacia una esquina, pero todos sus pasos parecían calculados, miramos al exterior desde una ventana, por largo tiempo. Si el traductor no se estaba equivocando, hubo algunas frases en su hablar que no fueron tailandés. Luego me dijo que preguntara todo sobre su hija y ella con gusto me respondería. Eso fue sospechosamente fácil.
Así me di cuenta que era yo el que estaba siendo cazando y que no era, para nada, tan inteligente como yo creía. Todo era mentira desde un principio. No había ninguna familia Boon-Nam y la fascinante historia de una crisis de mala suerte que empeora fue solo para llamar la atención de algún estafador. Un blanco fácil. Ahora ellos tenían mi ADN en la botella de plástico, acceso a conectarse a mi teléfono y muy probablemente los datos biométricos necesarios para un correcto reconocimiento facial desde distintos ángulos. Me inculparían por crímenes que yo no había cometido, para lograr escapar de un problema mucho más grande que mis fechorías de carterista. Era aquí donde los peligros de la idealización de una pareja en mi vida volvían a pasarme factura.
Pero era más fuerte mi voluntad, mi necesidad y mi dependencia malsana por pertenecer. Quería de verdad unirme a esta familia. Podía incluso perder a mi futura esposa, pero ahora iba a formar parte de este grupo criminal a como diera lugar. Me dejaría inculpar. Me escaparía de la cárcel. Me iría del país. Me olvidaría del ladrón anónimo que alguna vez fui. Me encariñaría con sus verdaderas identidades, o con las falsas. Me adoptarían, al yo real, o al yo ficticio. Me transformaría.
Me dirían, hermana e hija. Me llamarían, Sunanda Boon-Nam.