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El último telemarketer

A mediados del fin del mundo, el último telemarketer me llamó, obviamente, por teléfono. Quedaba tan poca población que realmente no representaba una gran coincidencia. No me sentía ni afortunado, ni desgraciado al haber sido elegido. Así que tomé la llamada por simple curiosidad.

El motivo era tratar de hacerme una venta. Eso creo. Había interferencia y la voz del ejecutivo telefónico se quebraba. Primero pensé, muy romántico, en un fantasma que continuaba haciendo una tarea vacía, en la estática como vestigio de una sociedad tecnológica en decadencia. Pero había más color y muchas texturas. Era más bien como si alguien llorara frente a un televisor encendido en las caricaturas de la mañana. La llamada tenía destellos pop. Y el operador cantaba una fabulosa promoción.

Tuve que colgar, pidiéndole que me volviera a marcar más tarde. Me ofrecía mudarme al corazón de la ciudad. Sin embargo, mi sueldo, como el de todos los demás, no alcanzaba ni para la renta de un departamento. Menos para comprar alguna propiedad. No tenía sentido, ni siquiera para esa pieza de museo, esclavo de su propia deshumanización, que seguía cumpliendo funciones desde algún call center perdido. ¿Qué me ofrecía exactamente? El fraude inmobiliario orquestado por gente del gobierno y financiado por el crimen organizado había alcanzado su punto de ruptura mucho tiempo atrás. Y ahora, de la nada, parecía que alguien quería retomar la estafa. No cualquier persona: el último telemarketer era un negacionista del apocalipsis urbano. ¿Cómo me habría clasificado a partir de esa primera llamada, bajo persona determinista o bajo persona fatalista? Si yo todavía le parecía un cliente en potencia, el teléfono volvería a sonar. Necesitaba más intensidad, aumentar la saturación y los patrones geométricos.

Utilizaría los recursos propios de la mercadotecnia para venderle una idea. Hambre, peste, guerra, muerte y propaganda. A mediados del fin del mundo, convencería al último telemarketer de abandonar su programación como empleado y volver al mundo humano, detrás de la publicidad que anunciaba un nuevo milenio que nunca llegó. Su redención consistirá en aceptar que ya nada tiene sentido. Yo contestaría el auricular, con el ritmo de un número asociado a un cliente, enlistado entre las páginas amarillas de un directorio. Incluso si eso significara hacer la compra. Yo, el último de los consumidores.