Desde que me perdí en el bosque, el lugar no ha sido el mismo. Antes había un árbol especial, ahí colgaba un cuerpo ahorcado, adornando el paisaje de coníferas y hojas anchas. Pero alguien desató el cadáver, se lo llevaron lejos, tan lejos. Cerca, tan cerca. Estaba por aquí, pero ya no me encuentro. El bosque se ha vuelto raro. Incompleto en sus oscuros misterios. Invadido en su privacidad siniestra. Violentado en su derecho al suicidio anónimo y solitario. Al cuerpo que ya no era cuerpo, le pusieron nombre de nuevo. Una brigada voluntaria de recuperación de cadáveres. Ellos me perdieron. Me llevaron a un camino de regreso, menos útil, menos bello, para mis propósitos de olvido y silencio. Romantizo el suicidio, romantizan el entierro. El bosque es neutro. Hermoso, vivo, muerto. Por eso me quería quedar colgando, no por otra cosa, no sé quién le vea lo feo. Quienes me hayan encontrado muerto, me perdieron. Ahora no soy, no estoy, pero no-soy cenizas en una caja de madera, hecha de bosque muerto. Tampoco es queja ni es reclamo. De todas maneras soy el bosque en otro bosque, pero no donde yo me había dejado. Soy un bosque perdido, encontrado en un bosque perdido. Un muerto perdido en la vida.