Mordí una melodía sencilla. La infecté. Y esta a su vez contagió a otras frecuencias. Silencio, que quiero hace mucho ruido. Ahora comienza la meditación creativa. En busca de un reequilibrio estético. Mi epidemia ocurre en un museo. Pero no logro resolverlo. Si el arte es la imagen de un destino, qué proceso indicará el camino de muerte y resurrección. Restaurando a partir de una idea sencilla. Redundando a través de cada viaje a otra dimensión y a otra vida. Buscando qué pieza le falta al rompecabezas de qué personalidad. Los cuerpos desmembrados, las obras igual de fragmentadas. Los zombies están meditando, pero no para calmar sus ansias, ni para disminuir sus instintos de ferocidad. Tampoco pensando en perfeccionarlas, como un estado de absoluta iluminación voraz. No son cuerpos sin almas. No son almas sin cuerpos. Solo son la mutación artística. Y el apocalipsis zombie se propaga, desde el Museo Personal del Arte hasta el Merkabah.
Mordí una escultura. Me mordió una coreografía de danza contemporánea. Me infectó con otra teoría. Qué tal si me faltara aún más tedio. Si una naturaleza aburrida fuera mi objetivo incluso al tener acceso total a las experiencias del universo. La epidemia ocurriría entonces en una sociedad que ha interiorizado los ideales del arte, consiguiendo en la realidad aquello que el arte simplemente simboliza. La verdadera aspiración. El único propósito del arte debería ser reducir la necesidad del arte.
Mordí algo efímero como el land-art. Me mordieron los principios no-muertos, no-vivos, del estado postartístico. Silencio, que a final de cuentas esto sigue siendo un museo. Huelo la sangre curada. La infección del arte ha sido controlada. Con la espiral, para que cada imagen se alimente de la anterior y sea consumida por la que viene. Mordí la geometría sagrada. Me mordió la nada. Y cuando ya no fue necesario, la boca del zombie permaneció cerrada.