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Los niños que se acicalaban en el parque

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Mientras arrastraban y eran arrastrados por el llano, con las rodillas raspadas y cubiertos de polvo, los niños que jugaban a las cebollitas en el parque comenzaron a experimentar una regresión cognitiva. Cada día durante ese verano, los niños iban de-evolucionando.

Al atardecer, sus padres salían de las unidades habitacionales alrededor del parque para hacer que volvieran a casa, pero esa puesta de Sol parecía llegar cada vez más tarde. En realidad no ocurría ningún fenómeno astronómico, más bien experimentaban un cambio en las relaciones intraespecíficas a las que estaban acostumbrados. Poco a poco los adultos ya no reconocían a los niños como animales de su misma especie. Y viceversa.


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Durante la transición, cuando los niños todavía vivían en casa, eran sujetados con correa para poder llevarlos de regreso a su casa y, una vez ahí, los metían en cuneros y corrales infantiles modificados con estructuras metálicas. Los enjaulaban, pues.

Toda madre se preguntó en algún momento, si estaban teniendo problemas para educar a sus hijos, o para domesticarlos. ¿Eran sus niños traviesos o salvajes? Afortunadamente, el tema de la comida se había simplificado, los monitos comían de todo. Eso sí, bañarlos era imposible.

Por su parte, las mujeres embarazadas de la unidad habitacional, resignadas a dar a luz un bebé-changuito, habían compuesto una canción de cuna: Los niños serán monos cuando cosechen la cebolla primitiva, que ha estado sembrada desde los albores de la humanidad. Bulbos ruedan por la resbaladilla. Es la luna esfera nueva. Es la  era de la banana.

Eventualmente ya no pudieron atraparlos, ya tampoco los reconocían como suyos. A veces trepaban las paredes y los veían asomándose por la ventana. Gruñían y se iban. Hacían contacto visual, sin comunicación de ningún tipo. Pero siempre aceptaban algo de comida.


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Los niños que jugaban en el parque, entre todos los cambios de comportamiento que iban teniendo, dejaron de hablar para expresarse a través de sonidos guturales y gesticulación corporal primitiva.

La canción de cuna llegaba como un eco perdido en el tiempo y se manifestaba como un mantra monosilábico para antes de comenzar el ritual del día. 

Sin embargo, hubo algo que se mantuvo: el juego. Retrocediendo también en el proceso de maduración de la cebolla, la nueva modalidad para divertirse consistía en enterrarse de cabeza uno por uno e inflar sus pancitas como bulbo. Horas y horas, esto entretenía a los niños-monitos-cebollines.


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Los niños que se acicalaban en el parque no eran niños. No estaban sentados en fila para jugar a las cebollitas, estaban acicalándose unos a otros. Tomando entre sus dedos los insectos que traían en el cabello largo, enmarañado. Se los comían. 


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Pasó el tiempo. Los adultos comenzaron a adoptar monos como mascotas. Los ponían en las azoteas, zotehuelas, patios. Les daban bananas.

Pasó más tiempo. Los adultos comenzaron a tratar a sus monos mascotas como si fueran sus hijos. Monhijos. Los paseaban en carreolas, los vestían en épocas festivas, los llevaban a cualquier sitio monkey friendly. Les daban helado especial sabor banana.

Pasó más tiempo. Pusieron una sección para monos mascotas adentro del parque que solía ser exclusivamente territorio de los monos salvajes, ahora monos callejeros.