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El invierno naranja

Ororo vive en un mundo de nieve pixelado, donde cada copo es un fragmento de cielo-viento binario cayendo sobre su cabello corto y su pálida piel. Su vida es el conjunto entre niveles de escenas de animación olvidadas que se repiten sin fin. Ella sostiene una katana mientras camina hacia la playa nevada, pensando en un amante que nunca regresó, una secuencia de reencuentro, de un abrazo bajo un cerezo que nunca se ha contado en cuadros por segundo. Odia esa programación, atrapada en la eterna repetición hasta que alguien encuentre un error de configuración. Oculta entre el código está la libertad de nuestra protagonista. Finales alternativos del invierno naranja. Una amalgama de fotogramas corruptos que se desvanecen junto con su sonrisa. El fallo está en su propia memoria, un caché de datos dañados han enjaulado un sueño ajeno. Afuera, la programadora elimina escenas, incapaz de contener el llanto.