Son las habitaciones de este hotel. Nuestro encuentro no puede ser en ningún otro. No es solamente su energía sexual; también es la estética del ambiente. La iluminación sobre el tono de tu piel desnuda. Perfecta. Cada vez es más intenso el deseo, más placer al contemplar tanta belleza. Son sus colores, sus texturas y sus sombras, un afrodisíaco. Aquí soy el espectador de un sueño erótico consumado. Luego soy parte de la pasión, del arrebato.
Entre los pliegues de las sábanas queda la ropa que me arranco. Paso mis manos. Está en el tacto, pero es al mismo tiempo una sensación palpable y otra que excita lo imaginario. Puedo vernos. Somos arte en la superficie pornográfica que se ha vuelto el espejo. La satisfacción de tu mirada clavada en el placer de observarte a ti misma, es distinta a la de compartirte húmeda, cálida y agresiva como una caricia. Me pierdo. Te revuelvo en los sabores de la noche, de aquello que es y no es sudor del propio cuarto.
Aquí resuena el sonido de un encuentro placentero. El volumen exacto, para decirte al oído las palabras precisas en el orden correcto. Para llegar, seguimos y seguimos. Hasta dejar caer sobre tu cuerpo la última gota de fragancia. Hasta haber acelerado el último latido. Entre estas paredes convergen nuestros sentidos estimulados, hacia el punto más alto.
Cuando el final me azota.