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2725

“Sumérgete y saca del agua las imágenes oníricas que necesitas”.

Así ignoré las advertencias en la decadencia de mi tiempo presente, para seguir los ecos de aquellas voces pasadas. Me invitaban a nadar, hacia el olvido histórico y de regreso, hasta ser semilla anterior a todo. Mi mente flotando más allá de los días. De cualquier ciudad-lago.


2725. Me mostraron lo que pasaría si me quedaba bajo la superficie después de lo permitido. Cómo quedaría el traje, corroído por el ácido. Y lo que haría en mi piel, quemándola hasta llegar al hueso. “Mejor ni te acerques a la zona radioactiva”, me dijeron. “Quedó completamente hundida”, insistían. Pero yo entré braceando de dorso, tarareando una canción de los antiguos: ♫ teoatl tlachinolli ♩. O algo parecido.


Observé arrecifes amalgamados, creados a partir de los restos prehispánicos de piedra caliza, jade y obsidiana; también con los remanentes de la civilización moderna, de acero, plástico y cristal. Al bucear a través de las ruinas, iba recorriendo un inframundo líquido. Con solo un objetivo: soñar un nuevo ciclo de renovación. Porque mi civilización había llegado también al final de sus días. Tecnología inmersiva a disposición de mi naturaleza efímera. Al adentrarme en las profundidades, emergían los recuerdos, corazones palpitantes como luces de estrellas en la noche. Los procesos imaginativos de mi mente diluyéndose.


Me quedaba sin oxígeno, desorientado y con las ideas revueltas, igual que las corrientes turbulentas. “Nadie recuerda las leyendas, mucho menos algún ritual”, me contaron. “No seremos los únicos, ni los últimos en desaparecer”. “Toda catástrofe es inevitable”, teorizaban, filosofaban. Pero yo continué ascendiendo hasta el fondo de México-Tenochtitlán, tarareando una canción en náhuatl: ♪ atl, tletl, tléatl ♬. O algo parecido.


Percibí mi propia esencia, llevando en mi rostro pintura de guerra y máscara de lluvia. Cargando en mi cuerpo el peso de un mundo violento colapsado. Todo había sido destruido, excepto las últimas ideas útiles. Aquellas voces que anhelaban purificación. Un sacrificio de nubes, lágrimas y sangre, ofrecidas desde el cielo más alto. La misma inundación en la que se ahogaron los primeros dioses; las sociedades posteriores; las humanidades finales.


Me volví sustancia nueva, entre el fuego que consume en muerte y el agua que devuelve en vida. Aquello que perdura. Bebí de lo inmaterial e inmutable. Me acordé de la canción, pero ahora solo me quedaba ser silencio. Y en silencio, tarareaba: ━

O algo parecido.


Y en silencio, me escuchaba.

“Sumérgete y saca del agua las imágenes oníricas que necesitas”.