
Fluyan mis lágrimas, son cuentos secándose. Aquí hay otro, de terror, locura y muerte.
Sabía que en cierta época había estado casada ilegalmente. No dejó ninguna carta donde expresara sus últimas voluntades, pero un telegrama parecía todavía más extraño.
Decía que había vivido en una comuna. Según la hora en la que estimaban que había muerto, todo había sucedido justo después de enviar la nota. ¿Qué significaba el número? Era una cédula estudiantil, universitaria. De los años en los que la policía rodeaba el campus.
Se trataba de un sobre de papel encerado negro. En el interior había un documento de portada oscura que decía: Trance de hundimiento.
La habían detenido por posesión de drogas. Era un ser verdaderamente espeluznante. Tenía fama, no de humana, sino de demonio. Había muchas cosas que ni siquiera ella, a sus casi cuarenta años conocía del todo.
Mis queridos lectores, incluso ahora, al revelar el contenido de aquel telegrama sigo sintiendo un profundo horror.
He decidido morir. He afilado mi poesía para clavármela en el corazón.
Parecía muy excitada ese día. Me guiñó el ojo y sonrió.
Una noche de primavera. Sus colmillos se vislumbraban afilados detrás de unos labios secos. También había estado llorando lágrimas de cuentos. Mordería poemas. Una tarde lluviosa. Hizo un gesto y comenzó a introducirse entre la multitud de gente que había ante ella. Había venido desde su residencia. Era día de protesta.
Su voz se ahogaba por el ruido.
En los pasillos camina con el corazón congelado.