
Se dio cuenta que era igual de rápida bajando que subiendo. No era solo gracias a la arquitectura en la estación que habitual para ir al trabajo y casa de sus papás los fines de semana. Era cualquier estación, en todas las líneas de la Ciudad de México. Siempre era la más rápida entrando y saliendo. Y un día, alguien lo notó. Alguien rompió la monotonía de sus rutina y de la propia urbanidad, preguntándole cómo lo hacía. Insistiendo ante la respuesta corta con la que ella quiso terminar la conversación. Finalmente dejándole una idea implantada en la mente.
Si eres buena en algo, cobra. Fue uno de tantos pensamientos que la acompañaron en sus recorridos durante los días siguientes. Ahora veía los anuncios de ocasión con otros ojos, los observaba realmente, leyendo qué ofrecía cada uno. Era obvio que ninguno promocionaba lo que ella venía construyendo a través de ideas dispersas que iban adquiriendo la forma de: Clases de cómo subir y bajar las escaleras del metro más rápido.
Sobornó a las autoridades. Era más fácil conseguir un permiso de filmación, por lo que decidió fingir que todo era parte de un documental sobre los tiempos de traslado, la sobrepoblación, etcétera. Literalmente decía etcétera en su permiso apócrifo.
De cualquier manera, siempre hubo cámaras siguiéndola mientras daba las clases. Horas y horas de filmación que esperan ser editadas. Puntos de vista de muchos de los diversos estudiantes usando una Go Pro.
Eventualmente el negocio creció tanto que tuvo que rentar una bodega y ahí, construyó réplicas de las configuraciones más comunes de escaleras del Sistema de Transporte Colectivo Metro. Estos espacios se utilizaban principalmente para cursos de preparación y como lugar de entrenamiento para aquellos interesados en el modo competitivo. Extranjeros de todas partes del mundo se habían interesado gracias a los videos virales y en internet se proponían todo tipo de ramificaciones para el fenómeno, desde los maratones hasta la incursión del subir y bajar las escaleras del metro como deporte olímpico.
Se sobornó a las autoridades internacionales. Para este punto ya había incluso gente del gobierno involucrada y particulares invirtiendo como patrocinadores. Era más fácil conseguir un permiso como deporte de exhibición, pero se logró meter la escalada urbana como parte de los siguientes juegos olímpicos… y paralímpicos.
No sabían qué hacer. En las estaciones del metro había escaleras o elevadores, pero no rampas. La inclusión de los paralímpicos representaba un gasto exorbitante y una modificación a la infraestructura de toda la ciudad. Ni siquiera las ganancias del documental en plataformas de streaming estarían cerca de cubrir el presupuesto.
Lo único que se le ocurrió, después de horas de contenido y teorías que encontró en la red, fue solucionar el problema monetizando una idea incoherente: sugerir la existencia de Backrooms en los accesos para discapacitados del metro en CDMX y confiar en los adolescentes y jóvenes de la Gen Z para que la falta de inclusión fuera vista como parte del mundo moderno, digital, fragmentado y roto.
Y que alguien hiciera un mod en el que los Backrooms pudieran ser recorridos en silla de ruedas.
Si eres buena en algo, cobra. Fue uno de tantos pensamientos que la acompañaron en sus recorridos durante los días siguientes. Ahora veía los anuncios de ocasión con otros ojos, los observaba realmente, leyendo qué ofrecía cada uno. Era obvio que ninguno promocionaba lo que ella venía construyendo a través de ideas dispersas que iban adquiriendo la forma de: Clases de cómo subir y bajar las escaleras del metro más rápido.
Sobornó a las autoridades. Era más fácil conseguir un permiso de filmación, por lo que decidió fingir que todo era parte de un documental sobre los tiempos de traslado, la sobrepoblación, etcétera. Literalmente decía etcétera en su permiso apócrifo.
De cualquier manera, siempre hubo cámaras siguiéndola mientras daba las clases. Horas y horas de filmación que esperan ser editadas. Puntos de vista de muchos de los diversos estudiantes usando una Go Pro.
Eventualmente el negocio creció tanto que tuvo que rentar una bodega y ahí, construyó réplicas de las configuraciones más comunes de escaleras del Sistema de Transporte Colectivo Metro. Estos espacios se utilizaban principalmente para cursos de preparación y como lugar de entrenamiento para aquellos interesados en el modo competitivo. Extranjeros de todas partes del mundo se habían interesado gracias a los videos virales y en internet se proponían todo tipo de ramificaciones para el fenómeno, desde los maratones hasta la incursión del subir y bajar las escaleras del metro como deporte olímpico.
Se sobornó a las autoridades internacionales. Para este punto ya había incluso gente del gobierno involucrada y particulares invirtiendo como patrocinadores. Era más fácil conseguir un permiso como deporte de exhibición, pero se logró meter la escalada urbana como parte de los siguientes juegos olímpicos… y paralímpicos.
No sabían qué hacer. En las estaciones del metro había escaleras o elevadores, pero no rampas. La inclusión de los paralímpicos representaba un gasto exorbitante y una modificación a la infraestructura de toda la ciudad. Ni siquiera las ganancias del documental en plataformas de streaming estarían cerca de cubrir el presupuesto.
Lo único que se le ocurrió, después de horas de contenido y teorías que encontró en la red, fue solucionar el problema monetizando una idea incoherente: sugerir la existencia de Backrooms en los accesos para discapacitados del metro en CDMX y confiar en los adolescentes y jóvenes de la Gen Z para que la falta de inclusión fuera vista como parte del mundo moderno, digital, fragmentado y roto.
Y que alguien hiciera un mod en el que los Backrooms pudieran ser recorridos en silla de ruedas.